“¡Valencia en fallas!”. Basta con un simple eslogan para que millones de turistas visiten la ciudad del fuego en marzo. Espera. ¿Del fuego? ¿No hemos recabado en que esta calificación es errónea? Valencia en fallas no es la ciudad del fuego. Es la ciudad del ruido. Charangas. Orquestas. Discomóviles. Borrachos cantando a “grito pelao”. “Mascletás”. Petardos. Pero, sobre todo, es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO el 30 de noviembre de 2016. Algunos disfrutan del ruido. Sin duda. Basta con darse una vuelta para encontrar a gente encantada de la alegría que suscita la fiesta más grande de los valencianos. La felicidad es real. Muchos esperan con ansia estos cuatro días tan señalados. “No sé qué haría sin ellos”, te dicen.
¿Cuál es la falla más visitada cada año por todo aquel que viene a la ciudad?
No todo es «foc, flama y germanor»
La realidad es más compleja que las imágenes que vemos en los reportajes sobre las fallas. La verdad hay que buscarla. Y para ello hay que conversar con quienes más la sufren. Sin embargo, hay un problema. Un obstáculo que nos impide alcanzarla: aquellos que peor lo pasan no pueden hablar. No pueden hacer declaraciones al reportero de turno. La razón es más que comprensible: son animales.
Aunque no articular palabras no quiere decir que no expresen sus emociones. Su silencio es ensordecedor. Su mirada es expresiva como pocas. Se refugian en un rincón de sus casas, en una soledad que dice mucho más que algunos humanos. Sin embargo, nadie parece tenerles en cuenta. Solo sus amos, que sufren con ellos. Intentan consolarlos, pero el ruido de los petardos les hace salir disparados hacía su refugio. Y ahí están. Día tras día. El perro feliz se convierte en uno triste. El gato huraño pasa a hibernar. El pájaro cantor enmudece.
Dos personas extranjeras, concretamente de Bruselas, que viven en Valencia cuentan su experiencia con esta festividad y su mascota:
La “Cara B” de las fallas empieza aquí
Los trabajadores nocturnos son otros de los protagonistas. Muchos no pueden descansar durante el día. Si al menos cambiaran las canciones de año en año… Pero no: despertá, verbena, mascletá y discomóvil. El menú ideal para un trabajador de la noche. Ir a trabajar sin haber conciliado el sueño. Y para colmo, con toda la ciudad cortada.
Los afectados piensan que aquellos que disfrutan las fallas deberían reflexionar en los animales y los trabajadores. No proponen cancelar las fallas. Son patrimonio inmaterial de la humanidad. Y con razón. Su arte y ambiente las hacen únicas. Pero tiene muchas demandas que atender. Muchas propuestas que estudiar. Quizá las harían más inclusivas. Una parte del pueblo valenciano necesita empatía. Debe predicar con el ejemplo, si no lo hacen no serán respetados. Y una ola de turismo descontrolado aprovechará para desfasar y perder el respeto por los barrenderos de la ciudad y, por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, entro otros, que pagan todos los valencianos.
Reportaje
La “cara B” de las fallas escucha a los residentes de Valencia afectados. Los beneficios de las fallas no son noticia. Son de sobra conocidos. Pero sus detractores sí lo deberían ser. Nadie habla de ellos. Necesitan voz.

