Fundada en 1499, la Universitat de València es una de las universidades más antiguas de España. A lo largo de más de cinco siglos de historia, la institución ha sido testigo de profundos cambios políticos, sociales y culturales en el territorio valenciano. Esta trayectoria no solo ha marcado su papel académico, sino también su relación con la lengua valenciana y con la sociedad a la que sirve.
Hoy, la Universitat de València se define como una universidad pública bilingüe. Valenciano y castellano, como lenguas cooficiales, convergen en la comunidad universitaria y conviven en la docencia, la administración y la vida académica. No se trata de una declaración simbólica ni reciente, sino de un modelo lingüístico que busca un equilibrio real entre ambas lenguas y que se concreta en los planes de estudio, donde se plasma una distribución equitativa de la docencia, conocida como el modelo 50/50 para cada idioma.
Este modelo no surge de manera aislada ni improvisada. Tal y como explica Manel Perucho, catedrático y director del Servei de Llengües, responde a una voluntad institucional clara: garantizar la igualdad lingüística en un contexto donde el valenciano ha sido históricamente una lengua minorizada. Durante siglos, recuerda, fue expulsado de los ámbitos oficiales y académicos, relegado casi en su totalidad al uso familiar y cotidiano.

La universidad decidió entonces asumir un papel activo en el proceso de recuperación y dignificación de la lengua. Incorporar el valenciano como lengua vehicular en la docencia universitaria significó otorgarle prestigio académico y reconocerlo como una lengua plenamente válida para la transmisión del conocimiento. No como un elemento folclórico o meramente identitario, sino como una lengua completa, capaz de desarrollar cualquier disciplina científica o humanística.
Ese compromiso institucional se traduce también en recursos concretos. El Servei de Llengües cuenta con un presupuesto superior al millón de euros, de los cuales alrededor de 800.000 euros se destinan a sufragar cursos de lenguas. Una parte fundamental de esa inversión se concentra en los niveles A1 y A2 de valenciano, pensados específicamente para quienes no han tenido ningún contacto previo con la lengua. La idea, subraya Perucho, es facilitar el acceso desde el primer momento y eliminar barreras de entrada.
Sin embargo, la realidad del campus es diversa y compleja. Cada año llegan estudiantes de otras comunidades autónomas y de otros países que se encuentran con un modelo lingüístico que no esperaban. Muchos de ellos, especialmente quienes permanecen menos de un año, difícilmente se inscriben en clases de valenciano. Se trata, según Perucho, de una minoría muy concreta la que muestra interés: estudiantes internacionales o de otras ciudades que, aun sabiendo que su estancia será breve, deciden acercarse a la lengua.
Parte del problema, reconoce, está en la falta de información previa. Quienes vienen de fuera, en muchos casos, no saben que en València se habla valenciano. A diferencia de lo que ocurre con el catalán en Barcelona u otros territorios, esta lengua no goza del mismo nivel de visibilidad institucional. El resultado es que la sorpresa aparece al llegar, cuando en realidad podría haberse evitado con una comunicación más clara antes de la matrícula.
Desde el Servei de Llengües son conscientes de esta situación y trabajan para acompañar, no para imponer, el idioma. El objetivo no es obligar al estudiantado a aprender valenciano, sino ofrecer la posibilidad de hacerlo como una herramienta más de comprensión del entorno.
Porque, insiste Perucho, aprender valenciano no debería percibirse como una barrera, sino como una oportunidad. Una oportunidad de ampliar el campo de conocimiento, de abrir nuevas puertas a nivel personal y, sobre todo, profesional. En un mundo cada vez más competitivo, sumar una lengua más nunca resta. Para la Universitat de València, el multilingüismo no es un obstáculo, sino una parte esencial de su misión pública y de su manera de entender la educación: como un espacio donde aprender también significa comprender el lugar en el que se vive.



