Los niños que quieren ser vistos: el proceso de acogida

Valencia - Última actualización: 24 de diciembre de 2025, 00:56 (Europe/Madrid)

Valencia

Antes de leer este reportaje, os recomendamos hacer este Quiz sobre cuánto sabes sobre el sistema de acogida de menores en España. Quizás os deis cuenta de que el proceso de acogida es más desconocido de lo que parece:

12–18 minutos

Marta y Juan ya habían acogido a niños antes durante los meses de verano. Sus hijos se iban de intercambio y se lo podían permitir. Por eso mismo, cuando tuvieron la oportunidad de acoger a una niña durante un curso escolar, no dudaron en hacerlo. Ahora, cuatro años después, esa niña sigue viviendo con ellos, en un proceso de acogida permanente, “aunque realmente debería llamarse acogida indefinida”, clarifican. 


El proceso de acogida es poco conocido en la sociedad actual, aunque realmente en España hay más de  51.972 niños, niñas y adolescentes que crecen en esta situación, según la información del último Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia y la adolescencia, del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030.

La finalidad del acogimiento, según el Ministerio de Juventud e Infancia español, es garantizar un desarrollo pleno de la personalidad de un menor de edad cuando, por circunstancias concretas, no puede estar con su familia de origen durante un periodo de tiempo –definido o no–, y la entidad pública de su comunidad o ciudad asume su protección. 

El caso de Marta y Juan –nombres ficticios para mantener su anonimato– no siguió el proceso habitual cuando se habla de acogida. Durante el COVID-19, se enteraron de que en el colegio El Hogar del Buen Consejo, un hogar de Madrid donde viven niños que por ciertas circunstancias no pueden convivir con sus familias biológicas, había crado el proyecto Un curso en casa. El objetivo era separar a los menores para que, si uno se contagiaba del virus, no tuvieran que confinar a todo el centro.  Estos centros, tal y como explica el EIM, son “instituciones que asumen la responsabilidad de niños, niñas y jóvenes por un plazo determinado, tienen su tutela y están encargados de su cuidado y bienestar”. A partir de los 18 años, estos centros pierden la tutela de los menores, por lo que siempre se intenta que encuentren una familia con la que residir.

Retomando la historia, en el hogar se estaba organizando un programa llamado “Un curso en familia”. Este consistía en acoger a un niño durante el curso académico –de septiembre a junio– para evitar los confinamientos múltiples cuando uno de los alumnos salía positivo. 

Estuvieron 2 años con este programa, y ahí fue cuando decidieron empezar un proceso de acogida para que la niña estuviera oficialmente bajo su tutela: “Durante el curso en familia es como si el niño siguiera en una residencia; todo sigue exactamente igual que cuando están bajo tutela del Estado, pero el niño pasa a vivir contigo”, explican. También nos cuentan cómo el o la menor debe seguir escolarizado en el  colegio al que acudía cuando vivía en la residencia, que en su caso les pillaba muy lejos. Todos los días hacían entre 15 y 20 km cada vez que tenían que llevar o recoger a la niña de la escuela.

Resumen de los contenidos:

Las diferentes fases y formas de la acogida

Luisa Vega forma parte de la asociación Acaronar, dedicada a informar y asesorar sobre el acogimiento a las familias interesadas. Ella misma define la acogida como otro recurso más del sistema público que permite la protección de niños, niñas y adolescentes y garantiza su derecho a crecer en familia”. Destaca también lo importante que es tener en cuenta durante todo el proceso que cada menor que entra en los programas de acogida tiene una historia distinta, y que se debe respetar siempre. 

Se puede llegar a esta situación por diversos factores: económicos, de salud, laborales… Cada familia es un mundo, y por ello necesitan una solución que se adapte a ellos. Aquí es donde entran en juego las diferentes fases que existen dentro de la acogida tal y como nos cuenta Luisa.

Infografía de escalera color azul sobre los 4 pasos del acogimiento
Fuente: Luisa Vega/Acaronar

Cuando un menor empieza a tener problemas para estar con su familia biológica, por circunstancias como las mencionadas anteriormente, se activan medidas desde el ámbito municipal para que el menor pueda quedarse con la familia de origen, pero que se pueda intervenir en las causas que dificultan cubrir las necesidades de la crianza. Si el caso traspasa este primer nivel –o escalón– y el menor debe estar una temporada separado de su familia, la situación asciende a lo que se conoce como desamparo. Aquí se desarrollan diversas opciones: se intentará  en primera instancia que el niño conviva con gente de su entorno más cercano –esta opción se denomina familia acogedora extensa–. Si esto no es posible, ya se buscan familias sin vínculos previos –familia acogedora educadora–. En caso de que ninguna de las dos opciones previas sea viable, se opta por el acogimiento residencial, en el cual el menor permanecerá en un centro de acogida bajo tutela del Estado. Todas estas medidas se aplican hasta que las condiciones de la familia biológica mejoren o se plantee la opción de adoptar.

Actualmente, en la Comunidad Valenciana, cuando un niño se encuentra en situación de desamparo y los motivos por los cuales no podía residir con su familia biológica han desaparecido, se plantea la medida de que la familia de acogida lo adopte si es lo más conveniente para el menor. Durante todo el proceso se prioriza la elección del niño, niña o adolescente, pero vigilando siempre que esta decisión sea adecuada para él o ella y su seguridad. 

En la mayoría de los casos de acogida se trata de menores que están en una situación complicada o con necesidades especiales. Luisa Vega habla sobre cómo afrontar esta situación: “Hay que estar disponible a desaprender y aprender cómo acompañarlos y nos deberíamos preparar, formar y romper algunos esquemas que teníamos planteados”. 

El paso indispensable: la formación  

Cuando Marta y Juan decidieron dar un paso más y convertirse en familia acogedora educadora, y tras solicitarlo al centro, ambos realizaron un curso. Esta formación es indispensable y consiste en una valoración para determinar si es un espacio donde el menor tenga todas las necesidades cubiertas y sea seguro: “Te evalúan a ti y a toda tu familia, hacen una visita a tu casa para comprobar que la vivienda es correcta para la situación y, si todo está bien, te dan lo que ellos denominan idoneidad”. Según nos explican, esta “idoneidad” significa que tu candidatura ha pasado las pruebas pertinentes para convertirte en familia de acogida. 

Infografía en forma de flecha con ondulaciones, color gris y azul sobre los pasos de la formación
Fuente: Valoración de idoneidad
para el acogimiento
familiar y la adopción, por Jesús Palacios (Universidad de Sevilla)

Según Irene Ron González, psicóloga especializada en terapias familiares y en adopciones,  “es fundamental hacer una formación previa para conocer cuáles son las consecuencias o el impacto que tiene la adversidad temprana en los niños”. Los infantes y adolescentes que se ven en esta situación frecuentemente presentan conductas que parecen desafiantes, pero que en realidad solo son herramientas aprendidas a lo largo de los años para conseguir la atención, el afecto y la seguridad de un adulto. “Las mentiras son muy comunes. Sienten que con eso pueden ganar unos beneficios o pueden quitarse unas consecuencias, o incluso porque cuando han mentido y se han inventado su vida y su historia, han tenido una ventaja. Claro, la gente así te cuida más”. Otras respuestas comunes son las reacciones emocionales desorbitadas, “ya sean positivas o negativas”, porque han tenido referentes emocionales que actuaban desde la violencia, por ejemplo. O simplemente no han tenido un referente que les enseñe. Para entender estas conductas, y saber reaccionar a ellas, es necesaria la formación. Como dice Irene: “Les ayuda (a los padres acogedores) ver que muchas de las cosas que están viendo no son un mal comportamiento, sino aceptar que la conducta tiene que ver con su propia experiencia, con su historia de vida”.

“Después también el saber hasta qué punto yo estoy bien posicionado para hacer un acogimiento, porque somos figuras muy importantes, figuras de reparación”, añade Irene. “Muchas veces yo no voy a saber procesar una conducta si no tengo inteligencia emocional y calma, para pararse, respirar y entender que lo que está pasando no es contra mí, y que lo podemos manejar. Cuando nosotros como adultos somos capaces, no de ser empáticos, sino de mentalizar y tener presente la mente del niño, somos capaces de entender la mayor parte de las conductas que tienen”.

Durante el curso que realizaron, Marta y Juan nos cuentan que en el proceso los examinadores son muy meticulosos: “Haces dinámicas de grupo y tienes en todo momento a psicólogos y otros profesionales evaluando lo que haces en todo momento, aunque muchos no se dan cuenta”. Esto, según explican, es porque al presentarte a un proceso de acogida permanente, tú te preparas para ser responsable de un niño que ya ha pasado por una situación difícil, y necesitan saber que ese menor va a estar en buenas manos, en un hogar que facilite la llevanza de su condición. Si las familias no pasan las pruebas pertinentes, no se les concede la “idoneidad” que les permite entrar en la búsqueda de un niño con necesidad de una familia acogedora. 

La convivencia y la despedida

Cuando un niño entra en una familia de acogida, la reacción no es instantánea. Puede que parezca que el cariño sí que lo es, pero el cariño no basta. Lo que necesita un infante es una relación de apego. Así lo explica Irene: “El apego no es amor, no es cercanía… es seguridad”. Muchos padres que acuden a su consulta poco después de iniciar una convivencia en acogida le dicen que ya se han ganado la confianza de los niños, y ella siempre les advierte que no es algo que se consiga en unas semanas.  Muchos de los niños y adolescentes que acaban en el sistema de acogida han experimentado, como ya hemos visto, situaciones traumáticas. Esto dificulta su capacidad de confiar, especialmente en los adultos. Cuando todo lo que has conocido es violencia o inestabilidad, la seguridad puede dar miedo, y aun así la buscas como bien de primera necesidad.

Por eso, cuando muchos niños entran en una casa, en un hogar, lo primero que hacen es poner a prueba los límites de los adultos. Y no es algo negativo, es algo común. Te preguntarán si son una segunda opción, si son un estorbo. “Si ven que tú estás detrás, pues van a captar esa atención, que es el mayor premio que tienen todos los niños, sean  de acogida o no: ser vistos por los adultos”. Irán probando comportamientos hasta que se den cuenta de que no son necesarios, de que les aceptas en su familia. Que son válidos. “Las familias se encuentran personas, niños, que están utilizando las diferentes estrategias que tenían en el centro y que se dan cuenta de que eso en casa no es necesario. Porque ya tienen un cuidador que va a estar ahí siempre para él”, añade la psicóloga.

Ilustración casas azules y verdes sobre una mano azul
Fuente: FEFE/Laura de Grado

Pero no todo es tan negativo como puede parecer al principio o desde fuera. Lo cierto es que se acaba creando un vínculo muy fuerte, y que se consigue la principal función del sistema: que los niños tengan un hogar. “Hay que tener en cuenta como padres que nuestra función es temporal. No es una forma de ser padres. Es una familia temporal que va a acompañar al niño durante un tiempo mientras los padres no están disponibles. Mientras tanto, nosotros vamos a acompañar al niño, dándole apoyo, atención, cuidados. Lo que necesite”, subraya Irene. Unos padres acogedores con éxito son aquellos que consiguen sanar las heridas del niño, ser figuras de reparación. Las familias acogedoras cambian vidas.

“De todo el proceso, que puede llegar a ser muy complicado, lo más difícil son las despedidas”, concluye Irene. Cuando acoges, estás preparado desde el primer momento para decir adiós. O eso crees, pero nunca se llega a estarlo. En el mejor de los casos, el infante o adolescente podrá volver con sus padres. Muchas veces, se les dice “tus padres ya están preparados, ya han aprendido, ya pueden o saben cuidarte”. Hay familias a las que les cuesta mucho dejar ir a un niño, que durante mucho tiempo ha sentido suyo. “Se nos van a ir, porque son libres. Un acogedor que está bien posicionado celebra realmente que se vaya. Sabe que es un duelo, sabe que es difícil, que lo va a echar mucho de menos, pero les quieres un montón. Y sabes que es toda una victoria”. 

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