El arte que resiste en la calle

Última actualización: 30 de abril de 2025, 22:31 (Europe/Madrid)

En El Carmen, los muros no callan. Hablan. Gritan. Preguntan. Son lienzos callejeros donde se escribe —con spray, con brochas, con rabia o ternura— lo que no siempre cabe en los museos. Desde que alguien se acerca a un muro en blanco con un pincel en la mano, la conversación empieza. Gustará más o menos, pero nunca deja indiferente a nadie. Hay una fallera tatuada, un astronauta medieval, una virgen con zapatillas, un mensaje en árabe que se mezcla con versos en valenciano. Cada callejón es una galería improvisada, viva, efímera. “Un museo a cielo abierto”, dicen; “un grito colectivo”, responden otros. Aquí, el arte urbano no decora. Interpela.

Durante los años ochenta, El Carmen se ha convertido en uno de los escenarios más intervenidos de Valencia. Lo que comenzó con firmas y pintadas marginales ha evolucionado hacia un lenguaje visual más complejo. En sus calles han aparecido todo tipo de expresiones: desde el grafiti más crudo hasta murales figurativos con un nivel técnico cercano al de una galería. Ese salto de lo espontáneo a lo reconocido no ha sido inmediato, pero ha marcado un cambio en la percepción del arte urbano. Para Marigel, vecina de la zona desde hace más de veinte años, los murales transformaron el barrio por completo: “Antes pasabas por estas calles de noche con miedo. Ahora ves a gente de todas partes haciéndose fotos en cada mural. El arte le dio vida a esto. No nos molestan, más bien los disfrutamos». Su voz se mezcla con la de turistas que buscan la fallera tatuada o el Bowie de Arrúe como quien visita una obra maestra en El Prado.

A partir de los 2000, el grafiti dio paso a formas más elaboradas de arte urbano: el stencil, el paste-up o el muralismo figurativo. El barrio se ha convertido en el escenario de una narrativa visual que nació en las calles, pero que ahora también recibe apoyo institucional. La consolidación de rutas turísticas, festivales tipo Intramurs y plataformas como Street Art Valencia evidencia que sus calles se han transformado en puntos de interés cultural. Los muros no solo se pintan: también se fotografían, se enseñan a pie de calle e incluso se promueven desde las propias administraciones.

  • Murales pintados en El Carmen que forman parte de la ruta del Arte Urbano

Murales pintados en El Carmen que forman parte de la ruta del Arte Urbano. Fuente: LaMarxaValenciana

Los creadores del street art

Jesús Arrúe no necesita firma. Basta con ver uno de sus murales para reconocerlo. Sus retratos, realistas y monumentales, muestran rostros que parecen salirse de la pared. Utiliza técnicas clásicas adaptadas al aerosol y elige fachadas enteras como soporte. Ha trabajado en París, Miami o Dubái, pero su obra más visible está en las calles de Valencia. Especialmente en El Carmen, donde sus personajes han aparecido —y desaparecido— entre paredes envejecidas y solares a medio derruir. En 2019, pintó un mural con el rostro de David Bowie en la calle Beneficència. La obra fue amenazada de demolición junto al edificio que la albergaba, pero la presión ciudadana, el apoyo institucional y el interés mediático cambiaron el rumbo. El mural fue rescatado, restaurado y trasladado, primero al Centro Cultural El Carmen y después al Etno. Se convirtió en el primer grafiti indultado oficialmente en España. Un caso que marcó un antes y un después en la manera de valorar este tipo de expresiones.

El proceso creativo del primer grafiti indultado de España. Fuente: LaMarxaValenciana

Arrúe ha pintado también a Frida Kahlo, Charles Chaplin, Albert Einstein o Camarón de la Isla. En otras ocasiones, ha representado a víctimas de violencia machista o a figuras sin nombre. Aclara que no pinta para gustar, sino «para hacer mirar». Su serie Women, con retratos de mujeres reales, reivindica desde la pared lo que a menudo no tiene lugar en las salas de exposición. «Yo pinto rostros porque me interesan las miradas, me importa la gente», insiste. Sus murales no decoran. Hacen memoria.

El caso Blu en Bolonia

En 2016, el artista urbano Blu —pseudónimo de un pintor italiano que ha elegido mantenerse en el anonimato— decidió borrar todos sus murales en Bolonia. Lo hizo como acto de protesta, después de que algunas de sus obras fueran retiradas de las calles y trasladadas a exposiciones privadas sin su consentimiento. Blu cubrió más de veinte años de trabajo con pintura gris para denunciar lo que consideró como apropiación institucional de un arte que había nacido en la calle. La acción fue colectiva y contó con el apoyo de activistas locales. «Borrar es una forma de preservar la libertad», argumentó el propio artista en un comunicado. Desde entonces, su gesto ha sido interpretado como una crítica directa a la mercantilización del arte urbano y a su descontextualización cuando pasa del muro al museo. Este cambio no ha estado exento de debate. Para artistas como Blu o los integrantes del colectivo 1UP, perder la calle significa perder el sentido original de la obra. Como ya ha señalado el investigador Gerardo García, integrar estas expresiones en circuitos patrimoniales puede desactivar su potencia crítica: “La patrimonialización tiende a transformar lo disidente en aceptable, lo espontáneo en autorizado”. Mercedes Sánchez Pons, profesora de la UPV y doctora en restauración de pinturas murales, recuerda que la decisión de Blu planteó una cuestión central: ¿Qué ocurre cuando una obra pensada para la calle se traslada a otro espacio? ¿Qué se gana y qué se pierde? Aunque reconoce el valor que puede tener conservar físicamente un mural, advierte que «sacarlo de su entorno altera su naturaleza». «Preservar no siempre es proteger», concluye.

Europa pintada

A pesar de esta institucionalización, el arte urbano europeo conserva espacios donde su función crítica sigue viva. En Berlín, por ejemplo, los murales del barrio de Kreuzberg conservan la carga política que caracterizó al grafiti tras la caída del Muro. Allí, artistas como Blu o el colectivo 1UP han dejado obras de gran formato con mensajes sobre gentrificación y crisis migratoria. En París, el 13.º arrondissement (distrito) se ha convertido en un museo al aire libre gracias al impulso de la galería Itinerrance, que ha coordinado intervenciones de artistas como Inti, Shepard Fairey o C215, abordando temáticas como la identidad, la memoria y los derechos sociales. En estos barrios el muralismo embellece, pero sobre todo canaliza discursos que rara vez encuentran espacio en los medios tradicionales.

¿Arte o vandalismo?

La pregunta no es nueva, pero sigue sin una única respuesta: ¿el arte urbano es arte… o vandalismo? Para unos, pintar sin permiso es una falta de respeto al espacio público. Para otros, es una forma legítima de expresión que rescata muros olvidados. En medio de ese debate, se abren grietas donde entra la voz de quienes habitan, transitan o se detienen ante una pared intervenida. En el caso de El Carmen, las opiniones recogidas muestran esa diversidad de miradas. Hay quienes valoran positivamente el impacto visual y cultural de los murales, pero también quienes expresan preocupación por la falta de control, la saturación de algunas calles o la dificultad para distinguir entre una intervención artística y una simple pintada. En ese contraste de percepciones se refleja la tensión permanente entre libertad creativa y regulación urbana. Para Cristina, madre y vecina implicada, estas actuaciones tienen el poder de transformar calles apagadas en espacios llenos de vida. “En el momento que se hicieron todas esas pintadas, esos murales de repente recobraron una vida que antes no tenía, que a lo mejor ahora es demasiada vida”, señala con una mezcla de orgullo y duda.

María Antonia Zalbidea Muñoz, profesora de la Universitat Politècnica de València y especialista en conservación mural, considera que este tipo de arte no puede analizarse únicamente desde la legalidad. “El arte urbano, aunque efímero por naturaleza, puede adquirir un valor patrimonial cuando la comunidad lo reconoce como parte de su identidad. La clave está en equilibrar su conservación sin desvirtuar su esencia callejera. En muchos casos, son los propios vecinos quienes otorgan legitimidad a la obra, independientemente de si fue autorizada o no», asevera.

De la misma forma, a un estudiante de Erasmus, que observa el barrio desde una mirada externa, el desorden visual también le pesa. “Aquí eso no me gusta porque es un espacio aleatorio y no es como planificado o planeado para que encaje en la calle”, explica, haciendo referencia a la importancia de crear entornos artísticos con intención y coherencia.

En El Carmen, cada muro es una frontera difusa entre lo legal y lo legítimo, lo efímero y lo eterno. El arte urbano transforma tanto las fachadas como la forma en que habitamos y entendemos la ciudad. Y quizá ahí resida uno de los mayores desafíos de la expresión artística callejera: mantener su autenticidad sin perder el vínculo con el entorno. Pintar en la calle es mucho más que dejar una marca en el muro: es hablarle a la ciudad y escuchar lo que responde.

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