Bilingüismo en la Universitat de València: la experiencia de quienes llegan por primera vez

La experiencia del bilingüismo en la Universitat de València cambia cuando se mira desde quienes llegan por primera vez. Claro que la institución define el marco y el profesorado lo gestiona en el aula, pero son los estudiantes quienes lo viven en primera persona, con sus dudas, expectativas y aprendizajes.

Para muchos de ellos, el valenciano no formaba parte de la idea previa que tenían de la universidad. Sabían que existía como lengua, pero no que estaría presente en las clases, en los materiales y en la comunicación diaria en la Universitat de València. El encuentro con el valenciano suele ser inmediato y, en algunos casos, desconcertante.

Del mediterráneo al Turia, una viaje a nuevas vivencias

Para Laura, llegar a València desde Alicante no significó descubrir una lengua desconocida, sino enfrentarse a una que conocía, pero que no dominaba. El valenciano formaba parte de su entorno, aunque no de su día a día académico, y en la universidad pasó de ser algo familiar a convertirse en un reto que debía aprender a gestionar.

De Colombia a Valencia, aprender a convivir en otra lengua

Llegar a València desde Colombia fue para Valentina enfrentarse a lo desconocido: una nueva ciudad, una universidad distinta y una lengua que no esperaba escuchar. El valenciano apareció de forma casi silenciosa en su día a día, acompañando una experiencia que, aunque temporal, terminó dejando una marca más profunda de lo que imaginaba.

Un océano de por medio, pero una lengua que genera lazos

Sobre el papel, el modelo bilingüe de la Universitat de València parece claro. Dos lenguas, una convivencia equilibrada, una organización pensada para que el valenciano forme parte de la vida universitaria. Todo está previsto en los planes de estudio y en la distribución de la docencia. El marco existe. La intención también.

La experiencia, sin embargo, se construye de otra manera. Para Gabriel, estudiante internacional de Filología, el valenciano no apareció de forma gradual en su experiencia universitaria. Llegó a través de clases obligatorias, cursos voluntarios y asignaturas a las que asistía por interés propio. La lengua se coló poco a poco en su rutina académica.

Ahí surgieron las diferencias. En los cursos elegidos por voluntad propia, el aprendizaje resultaba más cercano. Había motivación. Había curiosidad. En las asignaturas obligatorias, en cambio, el ambiente era más irregular. No por el idioma, sino por la falta de implicación de parte del grupo. La lengua no pesaba igual en todos.

En su experiencia en el aula, Gabriel se percató del esfuerzo colectivo que existe en la universidad. Incluso cuando los profesores no son nativos de la Comunitat Valenciana, hay una voluntad de adaptación e integración. Los problemas aparecían en la gestión, en la organización, en decisiones administrativas que afectaban sobre todo a quienes no conocían el valenciano y dependían más del contexto.

Entre lo que se diseña desde la institución y lo que ocurre en el día a día se abre un espacio intermedio. Ahí se mueve la experiencia real del bilingüismo: no como una norma rígida ni como un obstáculo constante, sino como un proceso en continuo movimiento. A veces fluido, a veces incómodo, pero siempre ligado a las situaciones y decisiones que van marcando la experiencia de estudiantes como Gabriel.

Estudiante sonriente sentado en un aula de la Universitat de Valencia antes de comenzar una clase de valenciano
Gabriel – fotografía tomada por Sofia

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