Ni nos casamos menos, ni nos divorciamos más: así han evolucionado las relaciones en España

Última actualización: 30 de diciembre de 2025, 21:18 (Europe/Madrid)

Entre bodas civiles, divorcios moderados y separaciones invisibles, el compromiso adopta nuevas expresiones.

Elena Francés, Marina Perosanz, Carlota Carratalá, Sabrina García y Lucía Company

Cuando se piensa en el matrimonio se suele dar por hecho que cada vez se casa menos gente, que esta opción ha dejado de ser la norma. El coste de las celebraciones, el auge de las parejas de hecho, el alto número de divorcios o los nuevos modelos de vida ayudan a reforzar esta impresión, donde casarse se ha convertido en una opción más.  Pero, ¿es realmente así? ¿Qué dicen los datos? ¿Qué opinan los expertos?  

Según datos del INE (Instituto Nacional de Estadística) durante los últimos quince años, el número de bodas en España se ha mantenido bastante estable, sufriendo únicamente una variación considerable en 2020, debido al parón mundial por la pandemia. Además, el peso de los matrimonios homosexuales se ha duplicado en este tiempo, y la edad media del matrimonio continúa aumentando. 

En el año 2010 se celebraron en España unas 170.000 bodas, de las cuales 167.247 fueron matrimonios heterosexuales, y 3.193 entre parejas del mismo sexo. En aquel momento, la ley que permitía los matrimonios homosexuales llevaba pocos años en vigor (Ley 13/2005)., La cual legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo en España, supuso un gran avance en derechos civiles y en el reconocimiento de la igualdad para todas las parejas. Previamente había sido reconocido en diversas comunidades autónomas las parejas de hecho homosexuales, proceso que facilitó la transición hacia la ley. 

En 2015 hubo un ligero descenso de las bodas heterosexuales, situándose en 165.172, mientras que los enlaces homosexuales subían hasta 3.738, consolidando entonces una ligera tendencia al alza dentro del colectivo. 

En 2020, debido al impacto de la Covid-19, las bodas se hundieron, pues se impusieron muchas restricciones de aforo en las celebraciones una vez levantada la cuarentena, y muchas parejas decidieron retrasarla hasta el año siguiente: 87.481 heterosexuales y 3.189 homosexuales, muy por debajo de los niveles previos.

Al año siguiente, en 2021, se recuperaron esas ceremonias, y se registraron 143.515 matrimonios heterosexuales y 5.073 homosexuales, todavía por debajo de 2019, pero muy por encima del año de la Pandemia. 

El año 2024 se cerró con un ligero despunte en comparación con los últimos años: 168.028 matrimonios heterosexuales y 7.336 homosexuales, más del doble de los registrados en 2010 en el caso de las parejas del mismo sexo.

¿Nos seguimos casando por la Iglesia?

Es evidente que España ha experimentado un cambio en la forma en la que nos casamos. Hace 15 años, el 41,6% de las bodas se celebraban por la Iglesia, pero en 2024 esa cifra ha caído hasta 16,4%. De 70.884 bodas religiosas que se celebraron en España en 2010, en 2024 la Iglesia solo ha alcanzado 28.759, según datos del INE. En cambio, en la cifra de bodas civiles ocurre lo opuesto: en 2010 eran 99.556 y ahora llegan a las 146.605, un aumento del 47,3%.

A día de hoy, más de 8 de cada 10 bodas son civiles. Este cambio se acentuó especialmente entre 2010 y 2019, cuando las bodas por la iglesia se redujeron casi a la mitad. Además, la pandemia solo hizo que profundizar la caída de las cifras: en 2020 únicamente el 10,7% de los matrimonios fueron religiosos. Las cifras prepandemia ya nunca se recuperaron. 

La Conferencia Episcopal Española registró 31.462 matrimonios católicos en 2024, un 6% menos que el año anterior. Todos estos datos dejan clara una cosa: la secularización que se ha producido en España en las últimas décadas. En el año 2000, el 76% de los enlaces eran católicos, tal y como revelan los datos de Funcas; en 2010 la cifra disminuyó a un 42%, y en los últimos datos rondan el 16-18%.

¿Por qué ha ocurrido este fenómeno? Según el sociólogo Juan Salvador Torres, la finalidad del matrimonio ha cambiado,  ahora “pesa menos como obligación moral y más como herramienta legal y simbólica para dar estabilidad a una vida incierta”. 

El cambio que supuso la Ley de matrimonio homosexual

Por otro lado, veinte años después de que España legalizara el matrimonio igualitario en 2005 (Ley 13/2005), los datos muestran una vez más un cambio en la tendencia de los casamientos. Los matrimonios entre personas del mismo sexo se han multiplicado: de 3.071 bodas homosexuales en 2013 a 7.336 en 2024, como muestran los datos del INE. Aunque estas cifras aún representan solo un 4,18% del porcentaje total de matrimonios celebrados en España, la tendencia evidencia que podría existir una mejora en la aceptación y la visibilidad del colectivo LGTBIQ+.

En contraste, los matrimonios heterosexuales se han mantenido relativamente estables, en torno a los 160.000-170.000 anuales, con la excepción del 2020, cuando la pandemia provocó un desplome del 45,8% hasta solo 87.481 bodas, casi 74.000 menos que el año anterior. La recuperación ha sido progresiva en los años posteriores al Covid, alcanzando las 168.028 bodas en 2024. 

Junto al aumento de matrimonios homosexuales, también se ha registrado un incremento en los divorcios entre personas del mismo sexo: la cifra de disoluciones en 2024 fue de 2.120, un 291,1% más que en 2013. Lo interesante es que los divorcios homosexuales crecieron mucho más que las bodas, seguramente porque había más tiempo de matrimonio acumulado. Sin embargo, la razón de divorcios sobre bodas en parejas homosexuales (0,29) continúa siendo inferior a la de parejas heterosexuales (0,48). Esto sugiere, en datos, una mayor estabilidad o un menor tiempo de exposición al riesgo de divorcio de los matrimonios homosexuales.

Estas cifras reflejan una España donde la diversidad familiar se va normalizando poco a poco, aunque los matrimonios igualitarios sigan siendo una realidad minoritaria en cifras absolutas. Según una nota de prensa de Efeminista, un 79% de los españoles ve el matrimonio igualitario como “una conquista positiva para la sociedad en su conjunto”.

¿Qué efectos tuvo el divorcio exprés?

La aprobación de la conocida como Ley del divorcio exprés en 2005 (Ley 15/2005) supuso un cambio significativo en la regulación de las rupturas matrimoniales en España. Hasta entonces, el proceso exigía una separación judicial previa, la alegación de una causa concreta y la tramitación de dos procedimientos distintos: primero la separación y, una vez firme, el divorcio. Este sistema duplicaba trámites y prolongaba en el tiempo una situación personal ya resuelta de facto.

Según explica Amor Guerola, abogada matrimonial , la reforma respondió a la modernización de la sociedad y a la necesidad de adaptar la legislación a la libertad individual. “Nadie debería verse obligado a permanecer unido a otra persona ni a justificar los motivos de una ruptura”, señala. Con la nueva ley, se eliminó la separación previa y se simplificó el procedimiento, especialmente en los divorcios de mutuo acuerdo, que pueden resolverse de forma más rápida y con menor carga emocional y económica. En cambio, los divorcios contenciosos, en los que no existe acuerdo entre las partes, continúan siendo procesos largos y complejos.

Cada vez nos divorciamos menos 

Para entender qué está pasando hoy con el matrimonio en España conviene fijarse en los divorcios no como un fenómeno aislado, sino como una pieza más del mismo mapa. Lo que muestran los datos del Instituto Nacional de Estadística, es una situación mucho más estable de lo que estamos acostumbrados a escuchar.

En 2010 se registraron algo más de 105.000 divorcios; cinco años después, en 2015, la cifra había bajado hasta los 96.561. Aunque durante estos años no hay grandes sobresaltos ni picos llamativos el 2020, el año de la pandemia, llega para destacar en todos los sentidos: los divorcios caen hasta los 77.199. No porque las parejas dejan de romper, sino porque los juzgados se ralentizaron y muchos procesos quedaron en pausa. Cuando la actividad se reactivó, en 2021, los divorcios volvieron a subir hasta los 86.850, y en 2024 se situaron en torno a los 82.990.

Esta evolución encaja bien con el marco legal que rige desde la Ley del Divorcio de 2005. Aquella reforma simplificó los trámites y normaliza la ruptura matrimonial, y su impacto fue inmediato: en los años posteriores, especialmente entre 2006 y 2007, los divorcios se dispararon y superaron los 120.000 casos anuales, pero ese aumento no fue permanente. A partir de 2008 y 2009, las cifras empezaron a moderarse y, una vez absorbido el efecto de la ley, el divorcio dejó de crecer de forma acelerada.

Lo que muestran los datos más recientes es justo eso: una realidad asentada y estable. Hoy el divorcio no marca récords ni se dispara, sino que se mueve en niveles contenidos y solo se altera ante circunstancias excepcionales, como ocurrió, por ejemplo, durante la pandemia.

Menos divorcios por boda

Si el divorcio dibuja una línea estable, las bodas refuerzan aún más esta idea de estabilidad. Lejos del discurso sobre la “crisis del matrimonio”, los datos cuentan otra historia: en 2010 se celebraron alrededor de 171.000 matrimonios, prácticamente los mismos que en 2015, cuando se registraron 168.910.

El gran paréntesis vuelve a ser 2020, un año marcado por restricciones sanitarias y en el que apenas se celebraron 90.670 bodas. En cuanto desaparecen las limitaciones, el número de matrimonios rebota con fuerza: 148.588 en 2021 y 175.364 en 2024, una cifra que incluso supera la de los años previos a la pandemia. 

La relación entre bodas y divorcios termina de apuntalar esta situación. En 2010, por cada 100 matrimonios se registraban 61 divorcios; en 2015, la proporción baja a 57. Tras el desajuste artificial de 2020, provocado por el hundimiento de las bodas, la ratio vuelve a moderarse: 58 divorcios por cada 100 matrimonios en 2021 y 47 en 2024.

En definitiva, no solo la gente se sigue casando, sino que, en términos generales, menos matrimonios acaban en divorcio que hace quince años. Tras la normalización del divorcio impulsada por la Ley de 2005 y el paréntesis excepcional de la pandemia, los datos del INE dibujan un escenario sin dramatismos. Cambian los tiempos y las formas, pero el matrimonio sigue ahí, lejos de cualquier colapso dramatizado.

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El aumento de las separaciones invisibles

Hemos de tener en cuenta que el divorcio no es la única manera que se tiene de deshacer una pareja. En este contexto, cobran relevancia otras formas de ruptura menos formalizadas. La separación de hecho, que afecta a personas casadas que dejan de convivir sin divorciarse legalmente, según los datos del CIEN ha aumentado en los últimos años: de 643 casos registrados en 2014 a 1.335 en 2024 un aumento de un 107,6 % . Según Torres Palomares, parte de las rupturas se producen antes del matrimonio o se resuelven sin llegar al divorcio formal, lo que contribuye a reducir la cifra oficial de divorcios y puede estar ocultando una transformación más profunda de la pareja como institución social.

¿Por qué han cambiado las cosas?

Todos estos cambios tienen una explicación. Según el sociólogo Juan Torres Palomares hoy llega al matrimonio una pareja más filtrada, la estructura ha dejado de ser noviazgo-boda-convivencia; muchas personas conviven antes de casarse y prueban la vida en común. En la mayoría de los casos, el matrimonio sirve para formalizar un proyecto que ya viene consolidándose un tiempo. A esto, Torres añade que “el sentido social del matrimonio ha cambiado: pesa menos como obligación moral y pesa más como herramienta legal y simbólica para dar estabilidad a una vida incierta. El matrimonio sigue siendo un “dispositivo” que ordena la vida (derechos, deberes, cuidados, herencias), pero hoy se vive más como elección personal y como contrato consciente”. 

Lo que ha cambiado realmente es la forma de percibir este vínculo, al no ser la única opción se convierte en una posibilidad. Además, el concepto de familia y matrimonio se han desvirtuado; la diversidad sexual, la poligamia, la soltería e incluso la extensión de la pornografía han cambiado la forma y función de las parejas. Las parejas de hecho también son una opción, su crecimiento muestra que el compromiso sigue existiendo, pero que este se expresa de formas más flexibles. Mucha gente busca reconocimiento y protección jurídica pero sin el peso simbólico del matrimonio.

Sin embargo, la amplia variedad de opciones a la hora de vincularse no son las únicas que han impulsado el cambio en la transición del noviazgo a la vida conyugal, la edad en la que las personas contraen matrimonio también ha cambiado, ahora las personas se casan más mayores por la dificultad de crear un hogar tradicional estable. Influyen la precariedad laboral, el precio de la vivienda, las trayectorias educativas más largas y unas biografías más móviles. “El capitalismo empuja a vivir en modo gestión del riesgo y eso hace que el matrimonio deje de ser el inicio de la vida adulta y pase a ser, a menudo, una formalización tardía cuando el empleo, vivienda y expectativas están más alineados”, añade el sociólogo. 

En lo que respecta a los cambios experimentados durante la pandemia, el Covid intensificó la vida doméstica y actuó como “prueba de estrés”. En algunas parejas el tiempo de convivencia aceleró rupturas por qué impulsó el proceso: el desigual reparto de tareas, las tensiones y la falta de intimidad fueron detonante en algunas parejas. También es cierto que en la cuarentena de respiraba la incertidumbre, por lo que hubo un efecto práctico invisibilizador. Las trabas para reorganizarse o tramitar separaciones, más que evitar divorcios, los aplazaron.

La edad en la que las personas contraen matrimonio también ha cambiado. Ahora las personas se casan más mayores por la dificultad de crear un hogar tradicional estable. El Covid intensificó la vida doméstica y actuó como “prueba de estrés”. En algunas parejas aceleró rupturas por qué aceleró el proceso (desigual reparto de cuidados, convivencia difícil, tensiones), y en otras reforzó vínculos (se superó el «drama»). También hubo un efecto práctico invisibilizador: había incertidumbre y trabas para reorganizarse o tramitar separaciones, lo que pudo aplazar divorcios más que evitarlos. 

Alternativas al matrimonio

Las parejas de hecho se han consolidado en la última década como una de las formas de unión que más crece en España. Según los datos del CIEN, el número de registros ha pasado de 5.325 en 2014 a 36.658 en 2024, lo que supone un aumento de aproximadamente el 590% en diez años. La evolución no es lineal, pero sí claramente ascendente, con un crecimiento especialmente notable a partir de 2017.

El sociólogo Juan Salvador Torres interpreta este fenómeno:  “El compromiso sigue existiendo, pero se articula a través de fórmulas más flexibles”, explica. En este sentido, el crecimiento de las parejas de hecho refleja una diversificación de los modelos de convivencia, en la que muchas personas buscan reconocimiento y cierta protección jurídica sin asumir el peso simbólico y normativo del matrimonio. “El Estado intenta encajar esta diversidad en categorías tradicionales, pero la vida social va por delante”, apunta.

Desde el punto de vista legal, sin embargo, las parejas de hecho continúan ocupando una posición más frágil que el matrimonio. Según explica  Guerola para que una pareja de hecho sea reconocida como tal debe estar inscrita en los registros correspondientes, generalmente de ámbito municipal. Aun así, su protección jurídica no es equiparable a la del matrimonio: en la práctica, se les exige una mayor carga documental, especialmente en cuestiones relacionadas con herencias, pensiones o ayudas de la Seguridad Social. Por este motivo, señala, “desde un punto de vista estrictamente jurídico, sigue siendo más conveniente casarse que registrarse como pareja de hecho”.

Aunque la creencia general es alarmante y pesimista en cuanto a la situación de las relaciones personales, los datos ayudan a dibujar una imagen menos dramática. En España no está desapareciendo el matrimonio. Efectivamente, la gente sigue casándose. Tampoco se ha disparado el número de divorcios. Simplemente existen nuevas formas de vida que no siempre implican pasar por el altar. Las bodas civiles se imponen, el matrimonio ha ido perdiendo peso como obligación social y religiosa, pero la alternativa legal de las parejas de hecho se mantiene en auge como una opción de proyecto elegido a conciencia. Además, las parejas del mismo sexo han ganado visibilidad, diez años después de que se aprobara el matrimonio homosexual, y las rupturas se han normalizado como parte del ciclo afectivo. Se amplía de esta forma el mapa del compromiso: el vínculo resiste pero ya no hay un único molde, sino muchas más opciones válidas que se adaptan al estilo de vida que cada uno decide elegir.

METODOLOGÍA:

Para realizar el reportaje se han utilizado datos del Instituto Nacional de Estadística. Se han extraído datos sobre el número de matrimonios, diferenciando entre matrimonios civiles y religiosos, y entre homosexuales y heterosexuales. También se ha comparado con el número de divorcios en los mismos años. 

Se han utilizado principalmente, los años comprendidos entre 2010 y 2024, teniendo en cuenta la aprobación de la ley del matrimonio homosexual en 2005, para que la comparación de las cifras fuera equilibrada. 

Por otro lado, se han extraído los datos referentes a las parejas de hecho y a las separaciones de hecho del Centro de Información de Estadística del Notariado. 

La visualización de los gráficos ayuda a establecer una relación entre los diferentes datos, como la relación entre matrimonios y divorcios o cómo han evolucionado las diferentes opciones de compromiso en España. 

También se han tenido en cuenta las voces de expertos para que ayudaran a explicar e interpretar estas cifras, como el sociólogo Juan Salvador Torres o la abogada matrimonialista Amor Guerola.

Debido a la falta de datos, no es posible conocer cuántas parejas mantienen relaciones de larga duración si no se han inscrito como parejas de hecho, o cuántas separaciones se han producido en estos años, cuando no ha habido un proceso legal de por medio, por lo que las conclusiones extraídas están sesgadas y solo responden a aquellos procesos que se han oficializado.

Por último, el reportaje se centra en tendencias generales a escala estatal (España), pero no profundiza en diferencias territoriales o diferencias sociales, así como tampoco se tiene en cuenta la nacionalidad de los cónyuges.

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