
El cine como rutina
El cine a nivel local y global.
Durante décadas, ir al cine fue mucho más que consumir una película. Fue un ritual compartido, una costumbre semanal y, en muchos casos, un punto de encuentro intergeneracional. Una tradición arraigada en la vida urbana que no requería grandes decisiones: se elegía una película, una sesión y una butaca. Hoy, sin embargo, las salas compiten en clara desventaja frente a las plataformas digitales. Que han trasladado el consumo audiovisual del espacio público al salón de casa. Un fenómeno que no es exclusivo de Valencia ni de España, sino que responde a una transformación global de los hábitos culturales. Acelerada por la digitalización y por cambios económicos y sociales profundos.
A nivel local, la desaparición progresiva de cines emblemáticos en Valencia refleja una tendencia que se repite en muchas ciudades. Cierres silenciosos, reconversiones de locales y una pérdida paulatina del público. A escala global, los datos de asistencia a salas confirman el mismo diagnóstico. Menos espectadores, menos sesiones y un modelo de negocio cada vez más frágil. Frente al auge de plataformas como Netflix, HBO o Prime Video, que ofrecen inmediatez, comodidad y un catálogo aparentemente infinito.
Importancia sociocultural del cine como espacio colectivo.
Más allá de las cifras, el cine ha desempeñado históricamente una función sociocultural clave como espacio colectivo. Las salas han sido lugares de socialización, de construcción de memoria compartida y de acceso democrático a la cultura. En ellas se han vivido estrenos, debates, emociones comunes y experiencias que difícilmente se reproducen en el consumo individualizado que proponen las plataformas digitales. La pérdida de estos espacios no solo implica un cambio en la forma de ver películas; sino también en la manera de habitar la ciudad y relacionarse con la cultura.
A este proceso de abandono de las salas se suma un factor determinante: el precio. Para una parte importante del público, ir al cine ha dejado de percibirse como una opción asequible. El coste de la entrada, unido al de los productos asociados —palomitas, bebidas, transporte— convierte la experiencia en un gasto que muchos no consideran prioritario. Esta percepción se agrava entre los públicos más jóvenes y entre las familias. Que comparan el precio de una sola sesión con el acceso mensual a varias plataformas digitales. El resultado es un cambio en la jerarquía del ocio. El cine pierde peso no solo por competencia tecnológica sino por una cuestión puramente económica.
Junto al precio, existen otros factores estructurales que explican la pérdida de público y que no dependen directamente de las plataformas. La reducción de salas en los barrios ha aumentado la distancia física al cine. Obligando a desplazamientos más largos y menos compatibles con la rutina diaria. A ello se suma la precarización del tiempo libre, marcada por jornadas laborales extensas y horarios fragmentados. Que dificultan la planificación de actividades culturales fuera del hogar. También influyen la falta de renovación de algunas salas, la percepción de una oferta poco diversa y la pérdida de identidad de los cines como espacios culturales de proximidad. Todo ello contribuye a que el cine deje de ser un hábito y pase a ocupar un lugar residual en la vida cotidiana.
¿Y tú, vas al cine?
En el siguiente mapa interactivo, se muestran salas de cine de la comunidad divididas por su tipo.

- Verde: Salas de cine de cadena que por su localización e historia podemos clasificar como «cine de barrio»
- Azul: Salas de cine alternativas
- Rojo: Salas de cine en grandes centros comerciales
Evolución histórica de las salas de cine en Valencia
Desarrollo y consolidación de las salas de cine durante el siglo XX
Valencia fue una de las primeras ciudades españolas en acoger el cine como espectáculo público. A comienzos del siglo XX el cine empezó a consolidarse como un espacio propio. El Salón Novedades, considerado el primer cine estable de la ciudad, marcó el inicio de una nueva forma de ocio urbano. A partir de ahí, las salas comenzaron a multiplicarse y a integrarse en la vida cotidiana de la ciudad.
Durante buena parte del siglo XX, el cine se convirtió en uno de los principales motores culturales de Valencia. Salas como el Metropol, el Capitol, el Rex o el Artis no solo proyectaban películas, sino que formaban parte del paisaje emocional de varias generaciones. Eran espacios reconocibles, con identidad propia, ubicados en zonas céntricas o en barrios con vida social intensa. Ir al cine significaba desplazarse a un lugar concreto, comentar la película al salir y prolongar la experiencia más allá de la pantalla.
El cine tuvo un papel central en la vida urbana valenciana. Funcionaba como punto de encuentro, como alternativa cultural accesible y como elemento dinamizador del entorno. Muchos barrios contaban con su propia sala, lo que favorecía una relación de proximidad entre el público y el cine. En este contexto, la encuesta realizada refleja cómo buena parte de los encuestados asocia el cine a recuerdos vinculados a la infancia o a la vida social del barrio. Frente a una percepción actual mucho más individualizada del consumo audiovisual.
Proceso de cierre progresivo de los cines tradicionales
El proceso de desaparición de los cines tradicionales comenzó de manera progresiva en las últimas décadas del siglo XX. La llegada del vídeo doméstico, los cambios en los hábitos de ocio y, más adelante, la presión inmobiliaria, fueron debilitando a muchas salas históricas. Cines emblemáticos cerraron sus puertas sin apenas relevo, dejando vacíos urbanos que evidenciaban un cambio de ciclo. La ciudad perdió no solo pantallas, sino espacios culturales con memoria.
En la actualidad, el mapa cinematográfico de Valencia se ha reducido y transformado. La exhibición se concentra en grandes complejos multisala y en salas que han sabido reinventarse. Cines como Lys, uno de los pocos históricos que ha resistido, siguen siendo un referente en el centro de la ciudad. A ellos se suman espacios como ABC Park, Babel o Yelmo, que atraen al público mediante comodidad, tecnología y una oferta más amplia. Sin embargo, esta supervivencia convive con la desaparición del cine de barrio y con una experiencia cada vez más desligada del entorno urbano inmediato.
Factores determinantes de la decadencia
Transformaciones en los hábitos de consumo cultural
Nuestros hábitos de consumo han cambiado de forma notable en los últimos años. La tecnología presente en nuestras pantallas ha evolucionado de manera asombrosa, dando paso a innovaciones que han redefinido por completo nuestra experiencia audiovisual. Esta transformación ha afectado demanera directa a la industria cinematográfica. Tanto en los procesos de producción como en la distribución y en la relación del espectador con la obra.
Desde la llegada de las cámaras digitales hasta el uso de efectos especiales generados por ordenador —y, cada vez más, por inteligencia artificial—, el cine ha ampliado sus posibilidades creativas. Permitiendo a los cineastas contar historias antes inimaginables. La mejora de la calidad de imagen, la edición no lineal y la digitalización de los contenidos han facilitado el acceso a un público global y han democratizado la producción cinematográfica.
Sin embargo, este cambio tecnológico también ha modificado la rutina histórica de consumo del cine. La experiencia colectiva de acudir a una sala oscura ha ido perdiendo peso frente a la comodidad del hogar. Poco se habla de esta desaparición progresiva, que va dejando a las ciudades sin un espacio cultural compartido. Que durante décadas formó parte de la vida social de muchos cinéfilos.
Todo esto ha empujado al cine hacia una transformación forzada, marcada por un consumo deslocalizado que ya no necesita un espacio fijo. Las películas pueden producirse y consumirse en cualquier lugar y en cualquier momento, incluso a doble velocidad, el ya habitual “x2”. Una práctica cada vez más extendida y popularizada por plataformas como TikTok. Este fenómeno no solo altera la experiencia cinematográfica, sino que fomenta la instantaneidad y un consumo basado en emociones rápidas y superficiales. Donde el tiempo para la reflexión parece quedar en un segundo plano.
Digitalización y auge de las plataformas de streaming
El factor más determinante de este descenso de espectadores se encuentra, paradójicamente, a escasos metros del sofá. El auge de las plataformas de vídeo bajo demanda. Estos servicios ofrecen, a cambio de una suscripción mensual, un amplio catálogo de series, películas y documentales accesibles desde cualquier dispositivo con conexión a internet. La llegada de Netflix en 2007 marcó el inicio de un cambio estructural en el modelo tradicional de consumo audiovisual. Según un informe de PwC publicado en 2022, el 70 % de la audiencia global consumía películas a través de plataformas de streaming. Mientras que solo el 30 % seguía optando por las salas de cine como principal vía de acceso.
Este nuevo modelo también ha transformado los indicadores de éxito. Si antes la taquilla diaria era el principal termómetro del impacto de una película. Ahora lo son el número de reproducciones, las horas de visualización o la captación de nuevos suscriptores. Netflix, por ejemplo, informó de que Red Notice (Alerta roja) fue vista durante más de 364 millones de horas en sus primeros 28 días. Convirtiéndose en una de las películas más populares de su historia dentro de la plataforma.
Aunque estas plataformas han abierto oportunidades para cineastas independientes. También han puesto en serio peligro la supervivencia de las salas de cine, especialmente las más pequeñas. En España, las cifras resultan alarmantes. Se estima que el 96 % de las salas están al borde del cierre, lo que pone en riesgo un hábito cultural cada vez menos frecuente.
Impacto de la pandemia de la COVID-19
La crisis provocada por la pandemia de la COVID-19 supuso un punto de inflexión para el sector cinematográfico. Que todavía no ha logrado recuperar los niveles previos a 2019. Durante el confinamiento se paralizaron 91 rodajes, con pérdidas estimadas en 200 millones de euros, según la Asociación Estatal de Cine.
El cierre de las salas, la posterior limitación de aforos, la prohibición de vender comida y bebida y el establecimiento del toque de queda nocturno obligaron a reducir drásticamente el número de sesiones. Mientras la taquilla entraba en una espiral de deudas, el consumo de streaming se disparaba, consolidando un cambio de hábitos que parece irreversible.
En la Comunitat Valenciana, el impacto fue especialmente visible en el ámbito de los festivales cinematográficos. Las restricciones sanitarias y la incertidumbre normativa obligaron a modificar fechas, reducir programaciones y, en algunos casos, cancelar o aplazar certámenes. La imposibilidad de viajar provocó además una notable caída de la presencia internacional de cineastas, profesionales y prensa. Debilitando una de las funciones esenciales de estos eventos: el encuentro presencial y la creación de comunidad en torno al cine.
A ello se sumó el impacto económico. La reducción de presupuestos, especialmente por la caída del patrocinio privado, afectó a actividades paralelas de carácter formativo y educativo. Aunque algunos festivales optaron por formatos online o híbridos. Esta virtualización fue desigual y, en muchos casos, limitada por la falta de recursos y por la defensa de la presencialidad como esencia del evento cinematográfico.
Factores económicos y urbanísticos: el impacto de la DANA
El resultado fue una caída del 11,15 % en la asistencia, el doble del descenso registrado a nivel nacional. Sin que se vislumbre una recuperación a corto plazo. Además, las ayudas prometidas por el Ministerio de Cultura tras la catástrofe no han llegado ni a la mitad de lo anunciado inicialmente. Lo que ha incrementado la sensación de abandono en un sector ya de por sí frágil.
Como si la crisis sanitaria no fuera suficiente, la DANA que afectó a Valencia el 29 de octubre de 2024 agravó aún más la situación. Numerosas salas de cine quedaron arrasadas por el agua y el barro, y algunas todavía no han podido reabrir. A ello se sumó el desánimo del público. Poco dispuesto a acudir a espacios de ocio en un contexto marcado por los daños materiales y las dificultades cotidianas.
Consecuencias socioculturales y económicas
Respuestas, resistencias y modelos alternativos
Decir que la situación actual del cine en Valencia —Y del cine en general— está en un momento crítico solo toca la punta del iceberg. El auge de las plataformas digitales y la tendencia actual de estreno simultáneo de películas en salas y video on demand, no dejan mucha vía de escape para el desarrollo del séptimo arte. Como ejemplo reciente, Frankenstein , la última película de Guillermo del Toro tuvo un estreno prácticamente simultáneo, ya que salió en cines seleccionados el 24 de octubre y oficialmente en Netflix el 7 de noviembre.
Este hecho, o más bien “varapalo”, definido así por Balma Navarro, titulada en comunicación audiovisual y con un máster en cinematografía, se tradujo en un aumento masivo de visitas para la plataforma, que según medios como cinemanía, (revista de cine de 20 minutos) obtuvo 29 millones de visualizaciones en tres días, frente a los 135.479 espectadores que tuvo en cines según datos del ministerio de cultura durante todo el tiempo que se mantuvo en taquilla.
Los datos recogidos de la encuesta realizada para este reportaje revelan que el público ha cambiado completamente los hábitos de consumo de cine. La mayoría de personas encuestadas (41%) respondía que no iba al cine “casi nunca”, y cuando van, el 66,7% revela ir a grandes cadenas y centros comerciales. Quizá la más interesante sea, la respuesta a “¿Conoces alguna sala de cine independiente?” , donde el baremo se sitúa exactamente en el 50%. Los resultados y encuesta completa se muestran a continuación:
Nuevas estrategias
En cuanto a estrategias que intentan ayudar a la exhibición cinematográfica, Laura Gil, graduada en periodismo y autora del TFG “Reinventarse o morir: cómo sobreviven las salas de cine de Valencia” sobre este tema daba dos opciones principales que han ido siguiendo los cines, que se relacionan directamente con el tamaño de los cines: “Los cines se están fusionando con centros comerciales, porque ahora se asocia el consumo del cine, el consumo de cultura con el consumo en general. Es un incentivo que se sitúen en lugares como estos, que tú vas a comprar ropa, o a comer, y también, pues de paso ves una película.”.
En el otro lado del espectro, Gil explica que las salas más independientes desarrollan otras fórmulas para intentar combatir con el cierre de los cines, usando programas de fidelización que se pueda convertir en más tráfico, o ofrecer otro tipo de entretenimiento, como por ejemplo el visionado de un film junto con coloquios posteriores, que según ella, atrae más al público y complementa la experiencia: “le aporta esa característica distintiva de lo que sería ver una película en tu casa”.
Por otra parte, el hecho de ofrecer programaciones alternativas, que se centren en género de cine específico, como el cine europeo, de autor o en versión original es otra de las estrategias seguidas por las salas más pequeñas, como el Babel y el ABC Park, que se alejan de la lógica estrictamente comercial de los complejos multisala.
Otras estrategias seguidas por cines se tratan de la diversificación de actividades, es decir, la inclusión de otros tipos de eventos de índole cultural dentro de las salas de cine, como charlas, conciertos o retransmisiones de teatro y ópera. De esta forma, esta hibridación transforma el cine en un espacio multicultural y multifunción, que no solo es capaz de adaptarse a nuevas demandas por parte de los espectadores, sino que tiene un catálogo diferenciado, contra el que, de momento, no pueden competir las grandes plataformas de streaming, sencillamente porque se trata de un valor añadido de la sala de cine.
Estas estrategias, no solo buscan ensalzar el papel de las salas de cine en la sociedad, o aumentar la asistencia a las mismas, sino que además intentan recuperar el papel del cine como un lugar de encuentro y de comunidad. Su objetivo ya no es meramente llenar las butacas vacías, buscan reforzar el vínculo emocional entre el espectador y la sala.
Políticas públicas y apoyo institucional
Otro punto importante en la desaparición de las salas de cine, se trata de la poca inversión por parte de las instituciones en estas, que resulta un pilar fundamental en la supervivencia del cine como espacio cultural. Algunas iniciativas como las ayudas del ICAA a la exhibición independiente, la instauración de programas de apoyo a salas en municipios pequeños o las ayudas en forma de bonificaciones fiscales para las actividades culturales a nivel nacional han podido ser una ayuda parcial al sector.
Otras políticas tomadas se tratan de subvenciones y ayudas varias, tanto a festivales como a salas, como los acuerdos para tener precios reducidos a ciertos colectivos como estudiantes o mayores tratan de fomentar el acceso al cine, sin embargo estos esfuerzos, en palabras de Balma Navarro, “No son suficientes”
Conclusiones y perspectivas de futuro
No hay un solo responsable de la situación del cine en Valencia, ya que existe una mezcla de factores económicos, urbanísticos, sociales y tecnológicos que ha ido erosionando un sector que llevaba años al borde del abismo. Los nuevos hábitos culturales, las plataformas digitales, la pandemia o el encarecimiento del ocio son unos pocos ejemplos de hechos importantes que han ayudado a llegar a este punto.
El hecho de perder las salas de cine solamente es una explicación de que está en proceso un cambio como sociedad hacia la desaparición de espacios culturales, que marcan nuestra historia reciente. El cine siempre ha sido visto como un lugar en el que crear comunidad, y que formaba parte de la identidad cultural de España, que se está viendo desplazada por un consumo audiovisual deslocalizado e individualizado.
¿Existe un futuro para las salas de cine de barrio ?
No es descabellado pensar que no, ya que los datos no mienten, es un negocio que pasa por un momento crítico, pero una remontada no sería inviable, basándonos en casos como los mencionados anteriormente (Babel, ABC, la filmoteca… que han conseguido crear un nicho en el que subsistir. El futuro, pese a que es incierto, parece radicar en la hibridación de las salas de cine, y en la curación de experiencias especiales, que solo pueden ofrecer las salas, como el visionado de otros contenidos que lleguen al espectador, o la especificación en una rama del cine que pueda calar entre los diferentes tipos de asistentes de las salas.


