OPINIÓN- Reseña
“Dije que podría y que lo haría. Y lo hice”, así resume Nellie Bly su decisión de estar diez días en el manicomio de Nueva York, concretamente en la isla Blackwell. El libro es el resultado de la recopilación de su crónica periodística, se publicó en 1887 y se llama precisamente así: Diez días en un manicomio.
Bly muestra, a veces desde el humor y otras desde el horror, la realidad que vivían cientos de mujeres que estaban allí encerradas desde su experiencia personal. El libro comienza con su intento de acabar dentro de este. Para ello, actúa como «loca», de todas las formas que se le ocurren. Pero cuando por fin acaba dentro de Blackwell, descubre que el manicomio no es tanto un centro sanitario como un sitio al que “tirar” a las mujeres que sobraban en la sociedad: emigrantes, pobres, trabajadoras que no podían más… y ella misma lo dice de forma muy clara:
“Me sentía culpable porque no pude llevarme conmigo a algunas de aquellas desafortunadas mujeres que vivieron y sufrieron junto a mí, y que —estoy convencida— estaban tan cuerdas como yo. […] Permítanme que diga una cosa: desde que entré en el centro para enfermos mentales de la isla no intenté seguir con el falso personaje de loca, sino que hablé y actué como lo hago en la vida real. Y, aunque suene extraño, cuanto más sensatamente hablaba y actuaba, más loca me consideraban todos…”
Y ese factor es uno de los que más me ha llamado la atención: por mucho que las pacientes se esfuerzan por ser escuchadas, las ignoran. Esto me ha recordado mucho a la realidad. Cuántas veces habremos ido alguna al médico y nos habrán dicho que cualquier origen de nuestros males y síntomas es el estrés, el peso o la falta de cuidados, por mucho que les intentemos decir que estamos preocupadas y que no hemos notado ningún cambio de rutina que provoque esas cosas, lo conocido como gaslighting médico. Y, claro está, también pasa en el ámbito de la salud mental. Por eso, aunque el contraste entre finales del siglo XIX y la actualidad sea muy acentuado, el libro sigue consiguiendo a día de hoy conectar con su lector.

No obstante, y como es evidente, hay cosas que no se podrían dar en tiempos modernos. Muchas de ellas se comentaron en el club del libro Subtítulos, en la cafetería Vinos y Letras. Por ejemplo, decir el nombre completo de las pacientes, sin respetar su privacidad. O lo poco que ella se informa sobre la “locura” antes de actuar como tal.
Otro de los factores que siento que se podrían mejorar es el contexto. Siento que falta más por el principio y más por el final; contar si había alguna sospecha de qué podría estar pasando en el manicomio antes de que se le ocurriera ir. Así como contar con más detalle cómo salió de allí, en vez de en una frase.
No obstante, sí que recomendaría el libro, especialmente a alguien de periodismo. Es rápido de leer, corto y te muestra una nueva perspectiva. Quizás después de este me leeré el de La vuelta al mundo en 72 días. Lo que sí que me gustaría destacar para terminar es esta otra cita de la obra, que me llamó bastante la atención:
“Los periodistas eran los más molestos. Qué incansables son sus esfuerzos por obtener alguna noticia”.