“Dije que solo lo probaría una vez”, cuenta Laura. Una calada, solo para ver cómo sabía ese vapor de frutas del que hablaban todos en clase. Era pequeño, colorido, no olía mal, y no parecía tan serio como un cigarro. De hecho, muchos lo usaban como si fuera un accesorio más. En Instagram, el vape se había convertido en parte del postureo: fotos con nubes de vapor, planos del dispositivo en la mano, vídeos en cámara lenta haciendo trucos con el humo. No era solo algo que se consumía, sino que te hacía ver “cool”, como si formar parte de esa tendencia te diera puntos en el juego social de las redes.
Sin embargo, nadie le dijo que esa “única vez” se convertiría en un hábito diario. Que empezaría a necesitarlo para concentrarse, para calmarse, para dormirse. Que el cuerpo se lo pediría sin avisar. Que se despertaría a veces en medio de la noche con ansiedad. Que intentaría dejarlo y no podría. Lo que parecía una moda, una curiosidad, terminó por convertirse en una adicción que le cuesta admitir… y más aún dejar. Historias como la de ella se repiten alrededor del mundo. De hecho, más de la mitad de los estudiantes españoles de 14 a 18 años —concretamente el 54,6%— reconoce haber usado cigarrillos electrónicos al menos una vez, según la última Encuesta ESTUDES publicada por el Ministerio de Sanidad en 2024. En 2021 esa cifra era del 44%, lo que refleja un aumento exponencial del fenómeno en apenas dos años, alcanzando así el valor más alto desde que se tienen registros.
Del primer “puff” a la dependencia
“Eso de que el vaper ayuda a dejar de fumar es un mito. O por lo menos a mí no me funciona. Es que no zacea igual que un cigarro, no me llena”, comenta Belén Oliver, fumadora de 25 años que ha probado ambas opciones sin lograr dejar la nicotina. Su experiencia no es aislada. Lejos de representar una ayuda real para cesar el tabaquismo, los cigarrillos electrónicos han generado una forma distinta —pero igualmente persistente— de dependencia.
De hecho, uno de los principales riesgos del vapeo es su capacidad adictiva, incluso en quienes nunca habían fumado antes. Según advierte el Ministerio de Sanidad, la mayoría de estos dispositivos contiene nicotina, una sustancia que actúa directamente sobre el sistema nervioso central, generando efectos placenteros inmediatos y reforzando patrones de consumo difíciles de revertir. A esto se suma que muchos adolescentes y jóvenes no tienen plena conciencia del contenido real de los líquidos que inhalan: una percepción errónea que alimenta su uso constante.
Los datos preocupan no solo por la extensión del hábito, sino por la visión minimizada del riesgo que lo acompaña. Muchos adolescentes creen que vapear “no es para tanto”, una idea alimentada por dispositivos atractivos, sabores dulces, la constante exposición en redes sociales y el relato generalizado de que es una alternativa “más sana” al tabaco. Según la Encuesta ESTUDES 2024, aunque un 92% de los jóvenes considera perjudicial fumar cigarrillos tradicionales, solo un 34,6% cree que los vapeadores implican un daño serio para la salud. Esta diferencia entre lo que se piensa y lo que realmente ocurre favorece el inicio del consumo bajo una falsa sensación de control. En este sentido, el Plan Nacional sobre Drogas advierte que esta baja percepción del peligro es uno de los principales factores que propician tanto el inicio precoz como el uso continuado de estos productos.
Vídeo de todos los vapers que María Clara ha comprado y aún conserva. Fuente propia.
Ahora bien, la dependencia no solo tiene raíces químicas. También se nutre de lo social, lo emocional y lo económico. Muchos usuarios aseguran utilizar el vaper como una herramienta para relajarse, calmar la ansiedad o concentrarse mejor, lo que genera una relación psicológica con el dispositivo que va más allá de la nicotina. Este vínculo emocional se refuerza con la facilidad de acceso y la naturalización del consumo en contextos cotidianos. “En consulta, vemos cada vez más adolescentes y jóvenes que no se consideran ‘adictos’, pero que no pueden pasar ni dos horas sin vapear. Lo usan para calmarse, regular el ánimo o simplemente como vía de escape. El problema es que terminan dependiendo de un objeto para gestionar emociones que deberían poder manejar de otro modo”, explica Graciela Briceño, psicóloga clínica del Hospital Universitario de Caracas.
Además, el factor económico contribuye a perpetuar el hábito. El precio también importa. Aunque a simple vista los vapeadores parecen más caros que el tabaco convencional —los desechables pueden costar entre 10 y 20 euros—, muchos usuarios perciben que la inversión “rinde más” o se amortiza si se opta por modelos recargables. Pero su uso sistemático y su renovación frecuente son más comunes en quienes pueden costearlos sin problema. “Si te pones a sacar cuentas, los desechables son demasiado costosos. Por eso muchos optan por pasarse a los recargables, ya que una esencia te puede durar hasta una semana y son más económicas”, dice Marcelo Mavares, joven de 21 años que fuma vaper desde hace cinco años. Esta aparente eficiencia económica, sin embargo, termina normalizando un consumo continuo, difícil de interrumpir.
A todo ello se suma un elemento de tolerancia progresiva. Como sucede con otras drogas psicoactivas, el cuerpo se adapta a las dosis iniciales, y con el tiempo necesita una mayor cantidad de nicotina para experimentar los mismos efectos. El Ministerio de Sanidad ha advertido que esta escalada puede derivar en síntomas de abstinencia —irritabilidad, insomnio, ansiedad— cuando se intenta reducir o abandonar el vapeo, lo que refuerza aún más la dependencia. En definitiva, el camino entre la primera calada y el consumo regular puede ser corto, silencioso y eficaz. No hace falta que duela, ni que deje olor. Basta con repetir el gesto varias veces al día, casi sin pensarlo, hasta que el cuerpo lo reclame como una necesidad. Y para cuando eso ocurre, muchos ya no recuerdan cuándo fue que dejaron de controlar al dispositivo… y empezaron a ser controlados por él.
El mito del “menos dañino”
Algodón de azúcar, chicle de fresa, mojito de maracuyá, capuchino, hierbabuena, peach ice tea, blue razz… No es la carta de un bar ni la estantería de una tienda de golosinas, sino una muestra real de los sabores con los que hoy se comercializan los vapeadores. Actualmente, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), existen más de 8.000 aromas diferentes. La estrategia es clara: convertir un producto con nicotina en una experiencia sensorial atractiva. Las empresas lo presentan como algo divertido, inocuo, casi comestible. “La mayoría de nuestros clientes son jóvenes. Llegan preguntando cuál es el mejor sabor, cuál saca más humo o cuál pega más fuerte. Pero ninguno se interesa por sus consecuencias, sino que somos nosotros los que tenemos que recordarles que el producto lleva nicotina”, explica Amparo García, vendedora en Lady Vape en Valencia.
Otro factor a considerar es su diseño camuflado: dispositivos del tamaño de un pendrive o con forma de pintalabios, fáciles de esconder en la mochila o en la manga de una sudadera. A diferencia del cigarrillo tradicional, el humo no se impregna en la ropa ni en el aliento, lo que facilita su consumo a escondidas. En un momento en que muchos adolescentes temen ser descubiertos por sus padres o profesores, el vaper se cuela silenciosamente en institutos, parques e incluso habitaciones cerradas.
En plataformas como TikTok o Instagram, los vapeadores se integran al look. Así, sin necesidad de campañas publicitarias directas, el vapeo se viraliza de forma orgánica, apareciendo una y otra vez en los “feeds” de chicos y chicas que quizá nunca han fumado, pero que acaban expuestos a esta estética como parte de su entorno digital. Este auge de popularidad ha generado una ola de desinformación. Aunque se presenta como una opción más saludable que el tabaco, los líquidos de vapeo contienen nicotina en la mayoría de los casos, además de otras sustancias químicas que pueden resultar tóxicas para el organismo. El aerosol que se inhala no es vapor de agua: es una mezcla de propilenglicol, glicerina vegetal y aromatizantes sintéticos que al calentarse pueden liberar compuestos irritantes y potencialmente cancerígenos. Muchos ni siquiera saben lo que están inhalando. ¿Formaldehído? ¿Acroleína? ¿Metales pesados? No hay etiquetas que lo adviertan con claridad.
Efectos que calan hondo
El gesto es casi elegante. Un adolescente inhala profundamente, sostiene el vaper con su mano y exhala una nube densa y blanca que se disuelve en el aire. Parece inofensivo. No hay ceniza, no hay olor, no hay tos. Solo un leve aroma a mango con hielo. Pero por dentro, el cuerpo empieza a registrar otra historia. Un desechable típico de 600 caladas es equivalente a uno o incluso dos paquetes de cigarrillos, es decir, entre 20 y 40 cigarrillos. Esto se debe a que muchos de estos dispositivos utilizan sales de nicotina en concentraciones altas (hasta 20 mg/mL, el máximo legal en Europa). Al no generar una irritación inmediata, el vapeo suele consumirse con mayor frecuencia, lo que puede llevar a acumular en un solo día una dosis comparable, e incluso superior, a la de un fumador regular.
Aunque los cigarrillos electrónicos son relativamente nuevos y sus efectos a largo plazo aún se estudian, la evidencia médica acumulada ya enciende alarmas. Problemas respiratorios que antes solo se veían en fumadores adultos están apareciendo en chicos de veintitantos que llevan desde la adolescencia enganchados al vapeo. “Estamos empezando a diagnosticar EPOC en gente joven que vapea desde los 15 o 16 años. En la UCI, cada vez ingresamos a más pacientes por este motivo. Hace meses participé en un trasplante de pulmón para una chica de 26 años. El motivo principal no fue el vapeo, sino una enfermedad pulmonar rara, pero su historial como vapeadora agravó muchísimo el cuadro y aceleró el deterioro”, advierte Tomás Chavero, residente de medicina intensiva en el Hospital Universitario Doctor Peset. Los pulmones de un adolescente no están preparados para recibir diariamente compuestos irritantes y nanopartículas químicas. Vapear, incluso sin nicotina, puede causar inflamación pulmonar persistente y daño en el tejido respiratorio.
Por otro lado, entre las consecuencias adversas a corto plazo, que abarca un período entre 3 semanas a 30 días, se incluyen síntomas tales como la inflamación de boca y garganta, náuseas, vómitos, malestar abdominal, dolor de cabeza y tos. “Un día empiezas a fumar y, de repente, te das cuenta de que han pasado cinco años desde la primera vez. Tu cuerpo te empieza a pasar factura: te cansas más rápido, sientes cómo tu corazón se acelera sin razón, sufres de ansiedad constantemente”, relata Camila Itriago, una joven de 20 años que sufre de hipertensión a causa del vaper. “Ahora tomo Losartán a diario, pero sin poder dejar el vicio”, concluye.
No obstante, hay un tipo de daño que se instala sin avisar: el que afecta al sistema nervioso. La nicotina no solo engancha, moldea. Modifica rutas cerebrales, altera la regulación emocional, afecta la capacidad de atención y refuerza dinámicas de dependencia difíciles de romper. No duele, no se ve, pero deja huella. Esta sustancia en cualquiera de sus formas es una droga sumamente adictiva. Hay un efecto directo sobre los niveles de dopamina, adrenalina y zonas de recompensa del cerebro en desarrollo del adolescente, que generan sensaciones de placer y motivan a los jóvenes a consumir repetidamente estos productos, predisponiendo a este grupo etario a la adicción de otras drogas, como la cocaína y la metanfetamina, con posibles riesgos para la salud.
Audio explicativo de los efectos del vaper por la doctora Ángela Ferreira. Fuente propia.
Regulación a medio pulmón
Mientras el consumo crece, la legislación va por detrás. En teoría, en España está prohibida la venta de vapers a menores de edad, y los productos deben cumplir con normativas estrictas. Pero, en la práctica, basta con acercarse a un bazar, una gasolinera, una discoteca o una tienda online para adquirir uno sin control. Además, muchos de los dispositivos que circulan por colegios o parques no están registrados legalmente: provienen de importaciones sin etiquetado claro, sin advertencias sanitarias, sin trazabilidad. Es un mercado gris que se alimenta de la demanda juvenil y que expone a los menores no solo a la adicción, sino también a sustancias de origen y composición dudosa. “Antes compraba las marcas típicas como Elf Bar o Lost Mary, hasta que conseguí en un chino una que no había escuchado nunca: Oxbar”, cuenta María Clara Chávez, joven de 22 años que reside en Madrid. “Me cuesta 8€ un dispositivo de 1500 caladas y con 5% de nicotina”.
La última medida que ha tomado el Gobierno español respecto al vapeo ha sido la aprobación de un nuevo impuesto especial sobre los líquidos utilizados en cigarrillos electrónicos. Según lo establecido en el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado, el gravamen alcanzará hasta 1 euro por cada 10 mililitros de líquido, y se implementará de forma escalonada hasta 2026. Esta decisión pretende regular el consumo de estos productos y frenar su expansión entre los adolescentes.
Esta medida fiscal, aunque relevante, no ha llegado sola. En paralelo, el Ministerio de Sanidad ha impulsado nuevas iniciativas que buscan endurecer el marco regulatorio de los cigarrillos electrónicos. Entre ellas, destaca el borrador de un Real Decreto que propone prohibir todos los sabores que no sean de tabaco en los líquidos de vapeo. La intención es clara: reducir el atractivo sensorial que estos productos tienen para los adolescentes. Aromas como fresa, chicle, sandía o mojito desaparecerían del mercado legal, siguiendo el ejemplo de países como Canadá o Finlandia, donde medidas similares han logrado frenar el acceso temprano a la nicotina.
Además, se estudia la implantación del empaquetado genérico para dispositivos y recargas, eliminando cualquier referencia estética o publicitaria en los envases. Colores llamativos, nombres de fantasía y logotipos quedarían fuera. En su lugar, envases uniformes con advertencias sanitarias visibles ocuparían el espacio, replicando el modelo ya aplicado en las cajetillas de tabaco tradicional. Según la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), este tipo de envase neutral reduce el atractivo percibido del producto y mejora la eficacia de los mensajes preventivos, especialmente entre menores.
Aun así, organizaciones como SEDET (Sociedad Española de Especialistas en Tabaquismo) y el propio Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo advierten que estas medidas serán insuficientes si no se aplican con rigor. La venta sin control sigue siendo una vía habitual de acceso, incluso para menores. La facilidad con la que se adquieren dispositivos no registrados o importados sin trazabilidad impide que la ley cumpla su objetivo de protección real. “Yo nunca he tenido que enseñar el DNI para comprar uno. Ni en tiendas físicas ni en internet. A veces parece que les da igual quién lo compre mientras se venda”, revela Marcelo Mavares, quien reconoce haber probado más de una docena de marcas distintas a lo largo de sus cinco años vapeando.
El impacto ambiental también entra en juego. Con la aprobación del Real Decreto 1093/2024, se establece la responsabilidad ampliada del productor en la gestión de residuos de filtros de plástico, incluidos los de los vapers. Las empresas deberán asumir la recogida y tratamiento de estos residuos, que actualmente se acumulan como desechos electrónicos sin control ni reciclaje, agravando el problema desde un nuevo ángulo: el ecológico.
El desafío de dejar el vicio
Aunque muchos jóvenes creen que dejar el vapeo es fácil —“cuando quiera lo dejo”, repiten—, la realidad demuestra lo contrario. La adicción que genera la nicotina, sumada a los componentes emocionales y sociales del consumo, hace que abandonar el hábito sea un proceso complejo. A diferencia del tabaco tradicional, el vapeo no tiene aún suficientes recursos de cesación específicos en el sistema público de salud, lo que deja a muchos usuarios sin orientación ni acompañamiento profesional.
Dejar el vapeo no es tan sencillo como parece. A pesar de la creciente preocupación por sus efectos, quienes deciden abandonarlo suelen enfrentarse al proceso en soledad. La falta de recursos específicos, tanto en atención primaria como en campañas públicas, deja a los usuarios sin un marco claro de apoyo. En la práctica clínica, apenas una minoría busca ayuda médica o psicológica, ya que la mayoría intenta dejarlo por su cuenta. Para Ángela Ferreira esto responde a una falla estructural: “El sistema todavía trata el vapeo como si fuera una extensión del tabaquismo, pero tiene sus propias lógicas y dinámicas. Hay que construir una respuesta diferente”, denuncia.
Además del tratamiento de la dependencia física a la nicotina —que puede incluir parches, chicles o medicamentos recetados—, muchos jóvenes necesitan apoyo psicológico para manejar los detonantes emocionales que los llevan a vapear: ansiedad, aburrimiento, presión social o la necesidad de encajar. Algunos centros escolares y asociaciones civiles están comenzando a ofrecer talleres y sesiones informativas, pero su alcance es limitado.
María Clara lleva meses intentando dejar el vaper y describe el proceso como “una guerra mental”. Ha probado dejarlo en varias ocasiones, pero siempre vuelve. “Es como si tu cuerpo lo pidiera cuando estás estresada o simplemente cuando te sientes sola. Y claro, en tu entorno todos vapean, así que es muy fácil recaer”, explica. Actualmente, asiste a terapia una vez por semana, donde trabaja la ansiedad y los patrones de consumo.
El contexto tampoco ayuda: mientras el vapeo se mantiene visible en redes, series, espacios públicos e incluso en influencers que lo muestran sin reparos, las voces que promueven la reducción o el abandono son escasas. Desde la Sociedad Española de Especialistas en Tabaquismo (SEDET), se insiste en que es necesario construir una “contranarrativa” en medios y plataformas digitales, especialmente pensada para adolescentes. Una que no solo advierta sobre los riesgos, sino que visibilice experiencias reales de quienes lograron dejarlo y cuente con referentes positivos que hablen en su mismo idioma.
En algunos países, como Australia y Nueva Zelanda, se han implementado campañas con este enfoque, combinando regulación estricta, control del marketing y programas de apoyo personalizados. En España, todavía no hay una estrategia integral enfocada en el abandono del vapeo juvenil. De momento, la mayoría de quienes quieren dejarlo deben recorrer el camino prácticamente solos. Como cualquier adicción, cortar con el vapeo no se trata solo de fuerza de voluntad. Requiere redes de apoyo, información clara, entornos saludables y políticas públicas activas. Y sobre todo, implica entender que detrás del vapor hay algo más que moda: hay personas que luchan por respirar mejor… por dentro y por fuera.