Imagina que eres una joven de 19 años en el siglo XIX. Vives en Nueva York, el corazón de la evolución y el frenesí en América. Eres una periodista en un mundo colonizado por los hombres, pero tu reputación en anteriores trabajos te permite adentrarte en un periodismo más allá de bordados y vestidos. Hay una tendencia en los últimos años para narrar sobre aquello que nadie más se atreve a mostrar. Y de repente, un día tu jefe te encomienda una tarea especial: infiltrarte en el manicomio de la Isla Blackwell. Se trata de una de las instituciones estatales más reconocidas de la época, la cual recibe a la población más vulnerable. No obstante, esta historia no es tuya. Vivirás adentrarte diez días en una institución mental de hace casi 140 años y todo lo que ello implicó para nuestra voz y protagonista: Nellie Bly.
Tu trabajo consistirá en conseguir que te internen, y observar en primer plano cómo viven los pacientes, los tratamientos y todo el proceso oculto detrás de sus muros. Esta joven reportera arriesgó su propia libertad y cordura para relatarle al mundo lo que era el mundo interno de las instituciones psiquiátricas en Nueva York en forma del reportaje— y actualmente en forma de libro — titulado Diez días en un manicomio.
Ficha técnica
Titulo original: Ten days in a Mad-House
Autora: Nellie Bly
Año de publicación: 1887
Género: Periodismo de investigación
Editorial:
- Primera edición: Norman Munro, Nueva York (1887)
- Ediciones recientes:
- Editorial Buck (2009)
- Editorial Naranja (2023)
- UNAM (2025)
En palabras de Nellie Bly
El libro inicia como muchas historias: un desafío que la protagonista debe afrontar. Bly debe crear un personaje— una joven extranjera llamada Nellie Brown —y representarlo ante médicos y jueces hasta que la diagnostiquen como alineada y la envíen a Blackwell. Lo sorprendente fue que fingir la locura resultó ser demasiado fácil. En apenas cinco capítulos la periodista es declarada como loca y es enviada al manicomio.
Ya ingresada, como testigo y protagonista, la autora conduce al lector por pasillos fríos y húmedos, experimentamos junto a ella la escasez de recursos: camas rígidas y ropa áspera y desabrigada. Además, realiza un escalofriante descubrimiento. Los pabellones están ocupados por mujeres que en realidad no estaban locas. Cabe destacar que la mayoría pertenecían a la clase social más baja— y por ende la más vulnerable — y gran parte de los grupos marginales de la sociedad: inmigrantes, personas de la tercera edad o con discapacidades físicas, entre otros.

En los siguientes capítulos, Bly se asienta en la rutina del manicomio y vive de primera mano las prácticas marcadas por el maltrato y la negligencia por parte de enfermeras y doctores. Las condiciones rozan el límite de la supervivencia y la dignidad humana. Por ejemplo, comida insípida, raciones mínimas; una buena higiene y el calor de un abrigo se convirtieron en lujos imposibles. A esto se suma el trato hostil de las enfermeras, que someten a las mujeres recluidas a torturas físicas y psicológicas.
“Me gustaría que esos médicos expertos que condenan mis acciones, con las que puse en duda su profesionalismo, tomen a una mujer perfectamente cuerda y saludable, la encierren y la hagan sentarse desde las seis de la mañana a las ocho de la noche en bancos de respaldo recto, sin permitirle hablar ni moverse durante esas horas, sin darle nada que leer ni permitirle saber nada sobre el mundo y sus asuntos, dándole mala comida y un trato cruel, y que vean cuánto tarda en volverse loca”. — Capítulo XII
Considerada como una interna más—aunque desde que ingresó actuó de forma racional—, Nellie Bly sintió en carne propia el peso de ese encierro. Pasó diez días y noches llenas de monotonía, aislamiento y miedo, como sus demás compañeras, también cuerdas. Reunió en ese tiempo decenas de historias de mujeres; cómo habían terminado allí y vestigios de su vida fuera de ese asilo convertido en cárcel. En ese momento su objetivo inicial adquirió mayor sentido: Comprobar la negligencia institucional y reunir las evidencias más contundentes contra el sistema de salud pública. Su relato trascendió el plano periodístico a un testimonio imposible de ignorar sobre el abandono y denigración de los enfermos mentales.
El impacto de Nellie Bly: locura, prensa y denuncia
Tras reunir todas las pruebas, finalmente llegó el momento de la liberación y la exposición. El New York World gestionó su salida y la periodista pudo abandonar la isla Blackwell. Sin embargo, su nueva meta era lograr, a través de su pieza, movilizar a las autoridades y rescatar a todas las internas que no pertenecían a ese lugar. Y lo consiguió, a medias. Se abrieron investigaciones sobre las instalaciones y el personal, pero la institución actuó antes y ocultó estratégicamente todos los detalles que delataban el abandono. Aun así, logró que se destinara más recursos económicos a los hospitales psiquiátricos, e inauguró la llegada de un nuevo tipo de periodismo como instrumento de denuncia social.
El caso de Nellie Bly no se limitó a un reportaje aislado. Su investigación y la forma de narración —en primera persona, volviendo al periodista parte del mismo suceso y el suceso es transformado por la perspectiva del reportero— se insertan profundamente en un momento crucial. A finales del siglo XIX, la psiquiatría apenas empezaba a consolidarse como disciplina. Anteriormente, el cuidado de los enfermos mentales había sido restringido al plano familiar. Además, cualquier tipo de trastorno mental inspiraba rechazo y la sensación de que eran personas peligrosas, y la sociedad sana tenía el derecho de defenderse.
Aunque hubo un incremento en el esfuerzo de la ciencia para comprender la locura, también era evidente la falta de recursos —para 1841, los hospitales mentales tan solo disponían del 15% de los medios para asistir a los enfermos.

La mujer detrás de la historia
Nellie Bly, seudónimo de Elizabeth Jane Cochran (Pensilvania, 1864 — Nueva York, 1922) fue una periodista cuya carrera empezó de forma inesperada. Era parte de una familia de elevado nivel económico, hasta la muerte de su padre. No obstante, logró terminar sus estudios y trabajaba como maestra. Hasta 1880, la vida de Bly no parecía conducir al periodismo. Sin embargo, una columna en el Pittsburgh Dispatch titulada «Para qué sirven las chicas» lo cambió todo para la joven.
Disgustada por el artículo que calificaba a las mujeres que trabajaban y no estaban a cargo del hogar como «monstruos», decidió enviarle una carta al editor, George Madden. Su apasionada y contundente escritura lo impresionó tanto que la invitó a unirse al medio de comunicación como columnista. En ese entonces no firmaba como Nellie Bly, sino como «Orphan Girl», cómo se había denominado en su carta. De hecho, el nombre que la acompañaría el resto de su carrera estuvo inspirado en una canción de Stephen Foster muy popular en aquella época.

La escritora encubierta convertida en viajera
Nellie Bly se convirtió en una voz incómoda para las instituciones y las altas esferas públicas, y cuando el Pittsburgh comenzó a limitarla a trabajos sobre bordados y bailes sociales, decidió abandonar su trabajo y probar suerte en Nueva York. Allí, como sabemos, fue contratada por el New York World, donde su estilo se caracterizó por una narración inmersiva y directa en los hechos. Se infiltraba en lugares lejos de la mira pública como fábricas y orfanatos, con el objetivo de promover denuncias a partir de una experiencia propia.
Además de su célebre trabajo con Diez días en un manicomio, Bly también fue bastante reconocida por el reto de dar la vuelta al mundo en menos de 80 días, inspirado en Julio Verne. Apoyada por el World, realizó el reto en 72 días, y demostró a la sociedad machista del siglo XIX que las mujeres podían lograr hazañas igualmente de aventureras e impresionantes que los hombres. Más aún el hecho de que su profesión estaba dominada por ellos, logró romper— en parte— las barreras de género y revolucionó la forma de concebir el trabajo del periodismo en la sociedad, y la manera de escribirlo.
Más allá de la reportera: una mirada propia
Querido lector, ahora que ya te he sumergido en el mundo narrado en Diez días en un manicomio, así como el contexto en el que floreció, me permito abusar de tu confianza para introducir mi propia lectura del texto.
Aunque el libro no permite entrever una tensión entre la experiencia personal de Nellie Bly y los hechos que describe, mi análisis difiere. Esa mezcla —aunque inauguro un nuevo modo de relatar las injusticias sociales a través de la primera persona— también permite que la subjetividad altere la veracidad del relato. Sí, Bly vio y comprobó por su cuenta las crueldades ejercidas en el manicomio Blackwell, pero ¿podemos decir que su experiencia es general y absoluta?. ¿Acaso la institución y los miembros del personal actuaron de esa manera siempre, o pudieron ser factores de las circunstancias y el tiempo?. Esos son algunos matices que se pierden por el examen personal de la reportera.
Por otro lado, la lectura también se queda corta en algunos aspectos. Si el objetivo principal de Nellie Bly era sacar a la luz todos los atropellos que vivieron las mujeres que aparecen en la historia, ¿por qué apenas son mencionadas en pequeños esboces? ¿Dónde está un trasfondo más amplio que permite el hecho de compartir techo y 24 horas del día sin ningún tipo de ocio?. Su sufrimiento queda generalizado en la idea de los diez días sin un desarrollo profundo— y que ellas merecían.
Sin embargo, antes de continuar con mi disertación, quiero aclararte, amado lector, que lo que sigue no pretende ser un análisis exhaustivo que distraiga de todo el trabajo anterior. Esto es apenas una parte de mi lectura personal de Diez días en un manicomio, pero si deseas conocer una versión más detallada…
