Hace poco más de una semana, el domingo 9 de noviembre, se celebró el Día Internacional de la Adopción. Cuando pensamos en adopción, muchas veces imaginamos un proceso en línea recta, donde unos padres que quieren formar una familia abrazan a uno o varios niños que se ven faltos de ella. Pero lo cierto es que no es tan fácil cómo parece. Y que muchas veces no tenemos en cuenta que hay otras situaciones interconectadas, como es el proceso de acogida. La adopción se planea muchas veces desde otro prisma distinto al acogimiento, cuando en realidad tienen mucho que ver, y lo que cambia es más para los adultos que para los niños.
Escalones dentro del proceso de acogida
Tal como nos explicó Luisa Vega, quien forma parte de la asociación Acaronar, se trata de una medida que se integra dentro del propio sistema público de protección y que tiene como eje central el bienestar de la infancia. “Es otro recurso más del sistema público que permite la protección de niños, niñas y adolescentes y garantiza su derecho a crecer en familia”. Desde la asociación insisten en la importancia de comprender que detrás de cada caso hay un recorrido vital marcado, en muchos casos, por situaciones de vulnerabilidad, por lo que la intervención debe realizarse desde el respeto, la sensibilidad y el acompañamiento. En ese sentido, Vega quiso subrayar que el sistema no puede abordar estas realidades de forma homogénea, ya que “Cada niño, niña o adolescente que entra en el sistema de protección tiene una historia que debemos respetar”.
El proceso empieza en un primer momento con una familia que por razones económicas, laborales, familiares o de salud, necesita ayuda para brindar a su hijo o hija los cuidados y la atención necesaria. En este caso se activan medidas desde el ámbito municipal para que el menor pueda quedarse con la familia de origen, pero que se pueda intervenir en las causas que dificultan cubrir las necesidades de la crianza. Este proceso constituye el primer nivel o escalón. Es quizás uno de los más invisibilizados, porque al pensar en procesos de acogida suelen ser las situaciones más extremas.
En el caso de que la familia biológica deba estar una temporada sin poder hacerse cargo del menor, la situación escala al desamparo. Es entonces cuando la tutela pasa a otra persona, y aquí encontramos diversas variantes: En una primera instancia, la búsqueda de esta familia de acogida es en su entorno más próximo, lo que se conoce como familia acogedora extensa. “Esto supone el 60% de los acogimientos” indicó Vega durante la entrevista. Cuando esta posibilidad no existe, se recurre a una familia sin relación previa con el menor, llamada familia acogedora educadora, que asume temporalmente el cuidado y el acompañamiento. Si los dos casos anteriores no se pueden dar, la última opción es el acogimiento residencial, es decir, la estancia del menor durante un periodo en un centro de acogida.

Durante todo este proceso, especialmente a partir del momento en que la familia extensa más cercana no puede asumir el acogimiento, se abre de manera paralela la posibilidad de la adopción como una vía estable y definitiva. Esta opción se plantea siempre desde el interés superior del menor y con el objetivo de ofrecerle un entorno familiar seguro y permanente. Según nos contó Luisa Vega, la adopción “crea vínculos de parentesco equivalentes a los biológicos”, lo que implica no solo un marco legal, sino también un reconocimiento pleno a nivel afectivo y social. De este modo, se busca garantizar el derecho del infante a crecer en el seno de una familia, con relaciones sólidas y duraderas que le aporten estabilidad, cuidado y acompañamiento a lo largo de su desarrollo.
Independientemente del caso en el que nos encontremos, se prioriza también el llamado plan de protección individual. Este es relevante porque se primará la decisión del niño, siempre que se den las características necesarias para suplir sus necesidades. Por tanto, el niño o niña podrá decidir en última estancia si quedarse con su familia cercana extensa, si tiene la posibilidad, buscar una sin vínculos anteriores o irse a una residencia de acogida. Es fundamental conocer todo el proceso antes de recurrir a esta medida, siempre teniendo en cuenta que lo más importante es el bienestar de los menores tutelados.
Tener una familia es un derecho del que ningún niño debería ser privado. Esta es la mirada con la que se debe ver la acogida: proporcionar un hogar donde se sientan acompañados durante su crecimiento y desarrollo. No se trata únicamente de un trámite legal, sino de una herramienta de protección que busca ofrecer un entorno estable, seguro y afectivo a quienes no pueden permanecer con su familia de origen. La acogida no es un proceso único, es un conjunto de escalas que busca adaptarse a los niños. Dar visibilidad y entender a estos niños, que muchas veces se sienten invisibles, también es ayudar.