La música tiene algo especial. Es capaz de conectar a gente muy distinta, de hacer que te olvides de todo durante un rato y simplemente disfrutes. Está en todas partes: en los cascos cuando vas en el metro, en los altavoces de un coche camino a la playa, en una fiesta, en un día triste o uno de los mejores de tu vida. Pero si hay un sitio donde la música se vive de verdad, es en los festivales. Allí no solo se va a escuchar canciones, también a vivirlas, a saltar con desconocidos, a hacer amigos nuevos, a crear recuerdos que se quedan para siempre ligados a un estribillo. Y en los últimos años, los festivales de música urbana en España se han multiplicado.
Cada vez hay más eventos que apuestan por este estilo, que arrasa entre los jóvenes y que no para de evolucionar. Lo más interesante es que muchos de estos festivales se están convirtiendo en trampolín para artistas emergentes: chavales y chavalas que están empezando, que sueñan con petarlo y que de repente tienen la oportunidad de subirse a un escenario grande, delante de cientos o miles de personas. Este reportaje va sobre eso: sobre cómo estos festivales están abriendo puertas y dando voz a una nueva generación de talentos que viene pisando fuerte.

Varios estudiantes de la UPV comparten cuáles son sus festivales favoritos de España y qué es lo que más disfrutan de ellos. Desde los escenarios hasta las acampadas, pasando por esas anécdotas locas que solo pasan en un camping rodeado de música, calor y ganas de pasarlo bien. Hablan de la emoción de ver a tu artista favorito en directo, de conocer a gente de todas partes y de ese ambiente tan único que se respira durante esos días. Y hay algo en lo que muchos coinciden: este verano, si hay un festival que no se quieren perder por nada del mundo, es el Riverland, en Arriondas, Asturias. Para muchos, se ha convertido en el gran referente de los festivales de música urbana en nuestro país.
Quien ha ido alguna vez a un festival sabe que la música es solo una parte del todo. La verdadera experiencia empieza mucho antes: cuando se abren los grupos de WhatsApp para organizar el viaje, cuando se discute quién pone el coche, quién lleva la tienda de campaña, qué se puede llevar de comida o qué modelito tocará para cada día. Es un ritual que muchas personas jóvenes repiten verano tras verano, y que se vive con la misma ilusión que unas vacaciones muy esperadas. Hacer la mochila, preparar bebidas, buscar ropa cómoda pero con estilo (porque el look también cuenta), cargar baterías externas, y por supuesto, meter ese bote de purpurina que acabará pegado hasta en las cejas.
Una vez en el recinto, empieza lo verdaderamente impredecible: largas caminatas bajo el sol, colas para entrar, encontrar un hueco medio decente donde plantar la tienda, improvisar cenas con pan de molde y patatas fritas, encontrarte con gente que no veías desde hace años o hacer amistad en cinco minutos con un grupo que acaba siendo tu crew del fin de semana. La música suena desde todas partes, pero lo que queda en la memoria no siempre es el concierto en sí, sino los ratos entre canciones: ese desayuno compartido medio dormidas en el camping, esa ducha fría que parece un spa, ese grupo que no conocías y te sorprende, ese atardecer que te pilla bailando con las zapatillas llenas de polvo y las piernas agotadas.
Los festivales se convierten en una especie de burbuja temporal, un paréntesis en la rutina donde todo gira alrededor de disfrutar. Son espacios de libertad, de expresión, de encuentro. Por eso quienes han ido, suelen repetir. Porque más allá del cartel, lo que atrapa es el ambiente, la gente, los momentos pequeños que se vuelven gigantes. Y porque durante unos días, el mundo parece reducirse a eso: buena música, buena compañía y una energía que no se encuentra en ningún otro lugar.
El crecimiento de este tipo de eventos no solo se percibe en redes sociales o en la asistencia del público joven, sino también en cifras económicas que reflejan su impacto real en el entorno. Según un informe de la OBS Business School sobre la industria musical en directo, festivales como el Arenal Sound llegaron a generar 42 millones de euros y más de 4.700 empleos directos e indirectos en una sola edición. En el caso del Viña Rock, el impacto fue de 22 millones de euros y alrededor de 1.800 empleos. Estos datos confirman que la música en vivo no solo mueve emociones, también dinamiza economías locales y se ha convertido en un motor clave para el turismo, la hostelería y el empleo estacional, especialmente en municipios que dependen en gran parte de estas citas para revitalizarse durante el verano.
Para entender la dimensión real del fenómeno urbano en España, resulta clave echar un vistazo al calendario completo de festivales y conciertos previstos para 2025. En el gráfico interactivo que acompaña esta parte del reportaje, se recoge una línea temporal que muestra, mes a mes, los eventos musicales más importantes relacionados con el género urbano en distintas partes del país. Desde enero hasta diciembre, la actividad no para: festivales como el Riverland, el Boombastic, el Infierno Festival o el Arenal Sound destacan entre una oferta que no deja de crecer.
El calendario también incluye conciertos individuales de artistas nacionales , y deja ver con claridad cómo el género urbano ha dejado de ser algo puntual para convertirse en una presencia constante en la agenda cultural. Además, se observa un repunte de eventos especialmente durante los meses de verano, coincidiendo con el periodo vacacional y la mayor movilidad de público joven. Esta visualización permite hacerse una idea clara del impacto que tiene este tipo de música no solo en la industria, sino también en la vida social y cultural de toda una generación.
Fuente: Página web de festivales. Elaboración propia.
Para muchas personas que empiezan en la música urbana, los festivales no son solo escenarios: son puertas que se abren. Espacios donde por fin pueden mostrar su trabajo ante un público real, más allá de las pantallas, y donde pueden sentir por primera vez ese subidón que da escuchar a una multitud corear tus letras. En un circuito musical donde no siempre es fácil hacerse hueco, los festivales que apuestan por talentos emergentes se convierten en un altavoz esencial para quienes están dando sus primeros pasos.
Para muchos artistas que empiezan a hacerse un hueco en la música urbana, actuar en un escenario grande no es solo una oportunidad: es una forma de confirmar que su trabajo está llegando a la gente. Es lo que le ocurrió a Clutchill el año pasado, cuando formó parte del cartel del Riverland. Aquella experiencia no fue solo un concierto más, sino algo que recuerda como un punto clave en su recorrido.

Él mismo explica que tocar en estos espacios es diferente. Son lugares más grandes, con otra energía, y a veces coincides cantando con otros artistas, lo que lo hace aún más especial. Lo que más le marcó fue el ambiente: el público se entrega, va con ganas de pasarlo bien y de descubrir música nueva. Para él, estos eventos son una forma de acceder a un público distinto, de ampliar horizontes y de vivir algo que “mola muchísimo”, como diría con su estilo cercano.
Este año ha preferido centrarse en otros proyectos, y por eso no está presente en ningún cartel. Aun así, valora mucho lo que significan estos conciertos en directo. Cree que ver a la gente reaccionar a tu música cara a cara te da una perspectiva diferente de lo que haces, y que esa conexión no se consigue solo desde una pantalla o desde el estudio.
Sebastián, más conocido por su nombre artístico Clutchill, nació en Colombia, creció en Asturias y ahora vive en Madrid. Ese recorrido se refleja también en su música, que no se ciñe a una sola etiqueta. Su primer disco, Angélica, ya mostró ese enfoque tan personal: sonidos oscuros, atmósferas cuidadas y letras que mezclan lo emocional con lo estético. Es un álbum hecho con calma y con intención, y se nota en cada tema.
Entre sus referencias están nombres como Frank Ocean, Kanye West o Arca, con quien de hecho está preparando una colaboración. No busca hacer lo que suena en todas partes, sino encontrar su propio espacio artístico. Por eso también en redes se muestra tal cual es, sin filtros ni personajes.
Aunque ahora mismo no tenga fechas previstas en directo, está trabajando en nuevas canciones, colaboraciones y en seguir definiendo su identidad artística. Además, disfruta mucho compartiendo momentos y proyectos con otros artistas. Se nota que valora ese tipo de conexión creativa, y ha comentado lo bien que se lo pasa trabajando con gente como Ralphie Choo o Rojuu, con quienes no solo comparte música, sino también una forma parecida de entender el arte.
Forma parte de una generación que se mueve por sí misma, que no espera a que la descubran, sino que crea desde lo que tiene a mano. Clutchill tiene algo que no todos tienen: una visión clara, autenticidad y muchas ganas de seguir avanzando sin perder su esencia.
Cuando prepara un directo, Clutchill no sigue siempre el mismo esquema. Según el tipo de evento, adapta lo que quiere transmitir. Por ejemplo, no escoge las mismas canciones para un concierto individual que para un festival. Lo tiene muy pensado: sabe que el contexto cambia la energía del público, y él quiere conectar lo máximo posible en cada ocasión. En uno de los audios lo cuenta con claridad.
Uno de los temas que siempre sale en cualquier conversación sobre estos eventos es el precio de las entradas. A simple vista, puede parecer una suma importante, sobre todo para estudiantes o gente joven que tiene que organizarse bien para poder permitírselo. Pero si se analiza con calma, la mayoría coincide en que la relación calidad-precio es más que razonable. No se paga solo por un concierto, sino por varios días llenos de música en directo, con decenas de actuaciones, muchas de ellas largas y con artistas de primer nivel. Pablo López, un asistente habitual, lo tiene claro:
“Me compré las entradas cuando salieron, casi un año antes del festi y sin saber muy bien con quién iba a ir ni los artistas que irían, pero de la experiencia que me llevé el año anterior sabía que no defraudarían, y efectivamente no lo hicieron”
Su experiencia resume bien lo que sienten muchas personas: que más allá del cartel, lo que se vive allí compensa con creces el gasto.
“Los artistas fueron 10/10 y había un buen balance entre artistas muy y poco conocidos. Por un lado, acabas conociendo nuevos artistas esperando el show del que quieres ver, pero además consiguen que no se te solapen muchos artistas al mismo tiempo y se te haga fácil ver a todos los que quiera. Al final conseguí ir con mi grupo de amigos, pero teniendo en cuenta que los artistas que cantan son de un nicho muy concreto, es difícil no hacer amigos en el festival. Al final tenéis muchas cosas en común”
Pablo también reconoce que la primera vez que fue, el camping le pareció algo caótico, pero que la experiencia mejora con algo de planificación: “La gestión del festival en lo que respecta a la zona de acampada es bastante buena, sólo requiere un poco de organización antes de las fechas y aprender de los errores de la primera vez que vayas”. A pesar de todo, lo tiene claro: “Sin duda, es una experiencia que volvería a repetir”. Y con ese recuerdo en la cabeza, no son pocas las personas que, después de vivirlo, sienten que incluso pagarían más por repetir lo que han sentido allí.
No todas las personas que asisten a estos eventos lo hacen desde la experiencia previa. Para algunas, es la primera vez que se enfrentan a un festival de gran formato, y el resultado suele ser mejor de lo esperado. Ana Núñez, estudiante de la UCV, decidió lanzarse tras ver que coincidían un par de artistas que le gustaban, pero acabó disfrutando mucho más de lo que imaginaba.
“Compramos las entradas en cuanto confirmaron a un par de artistas que nos gustaban mucho, aunque luego lo que más me sorprendió fue lo bien que lo pasamos con grupos que ni conocía”
Esa sensación de descubrimiento, de ir sin expectativas y volver con nuevos nombres en la playlist, es algo que muchas personas destacan. También el ambiente, que Ana resume como “una especie de energía colectiva que lo envuelve todo”. Aunque reconoce que el camping tiene sus incomodidades, como “dormir poco, calor por la mañana, duchas con cola…”, asegura que con un poco de humor y planificación, forma parte de lo que hace especial la experiencia.
“Yo ya tengo claro que quiero volver el año que viene, y probablemente con más ganas que esta vez”
El entorno donde se celebra un evento musical influye enormemente en cómo se vive. Festivales como Riverland, celebrados en espacios naturales, ofrecen una experiencia distinta a la de grandes recintos urbanos. De hecho, algunos estudios académicos realizados por Pablo Amallo analizan cómo estos eventos transforman temporalmente la vida de pueblos o barrios, afectando tanto a su infraestructura como a su comunidad. Es un fenómeno que va más allá de la música y que reconfigura, aunque sea por unos días, el ritmo habitual de una localidad.
El cartel del Riverland 2025 ya está prácticamente cerrado y, como cada año, ha generado muchas expectativas y también algún que otro debate. Entre los nombres más destacados de esta edición aparecen artistas como Albany, Juicy Bae, BB Trickz, L’Haine, Sticky M.A., La Zowi, Yung Beef, Recycled J o Selecta, entre otros muchos. Una mezcla potente que reúne lo mejor del panorama urbano actual, combinando sonidos que van del trap al reguetón, del drill al R&B, y con artistas que tienen millones de reproducciones en plataformas digitales. Sin embargo, entre el público universitario, varias voces coinciden en que el cartel, aunque atractivo, podría haber apostado aún más por la variedad.
Algunas personas señalan la falta de raperos más clásicos, que representan otra parte fundamental del género urbano, y también se echa en falta una presencia femenina más equilibrada. Aunque nombres como La Blackie, Faenna o Greta están presentes, sigue habiendo una clara mayoría masculina en el line-up. Aun así, todavía se espera que el festival guarde algún as bajo la manga y sorprenda con algún fichaje de última hora. Sea como sea, lo que está claro es que Riverland se ha consolidado como una de las citas imprescindibles del verano para las y los amantes de la música urbana, no solo por su cartel, sino por todo lo que se vive durante esos días en Arriondas: naturaleza, juventud, fiesta, comunidad y ese ambiente que solo se crea cuando la música se convierte en el centro de todo.








Autoria propia: Neus Cárcel y Natalia Ballester
Lo que está ocurriendo con la música actual no es solo una moda, es un movimiento que refleja el pulso de toda una generación. A lo largo de los últimos años, los eventos musicales al aire libre han dejado de ser simples citas para escuchar a grupos conocidos: se han transformado en auténticos puntos de encuentro donde se mezclan estilos, acentos, culturas y formas de entender la vida. Para el público joven, estos encuentros son una manera de reconectar con otras personas, de vivir experiencias colectivas y de expresarse libremente sin filtros. Pero también son el espacio donde nuevos nombres pueden empezar a construir una carrera, donde las canciones que nacieron en un cuarto con un micrófono casero llegan por fin a un escenario con luces, sonido y gente coreando cada verso.
España vive un momento especialmente potente en este sentido. Desde grandes ciudades hasta pueblos del norte o la costa mediterránea, se multiplican las iniciativas que apuestan por formatos más abiertos, propuestas frescas y un cartel que combine artistas conocidos con nuevas promesas. En ese cruce de caminos entre lo mainstream y lo emergente, entre el espectáculo y lo íntimo, se genera una energía que va mucho más allá del directo. Es un espacio cultural en constante evolución, donde lo que importa no es solo quién canta, sino lo que se genera a su alrededor: comunidad, identidad, pertenencia.

Este reportaje no busca simplemente repasar carteles o contar anécdotas de conciertos. Lo que pretende es poner el foco en todo lo que hay detrás: en las personas que hacen kilómetros para estar allí, en quienes luchan por subirse por primera vez a una tarima, en los cambios que estos eventos suponen para muchas zonas del país, y en cómo se están reescribiendo las reglas de la industria musical desde abajo. Porque sí, la música une, pero lo que pasa cuando se comparte en vivo tiene algo que no se puede explicar del todo… solo se puede vivir.