Alicia se levanta a las 09:00 de la mañana en el Instituto Geriátrico Valenciano (IGV). No porque el sol entre con fuerza por la ventana, ni porque tenga prisa, sino porque se acostumbró después de 79 años a esa rutina. Se arregla y alisa las arrugas de su camisón. Ya sentada en su silla de ruedas se coloca sus joyas y carda detenidamente su pelo rojizo. Es la hora del desayuno. Algunos hablan, otros solo miran. Miradas que gritan historias que quedan por contar, acostumbrados a no tener a nadie con quien conversar. La soledad es una experiencia universal. Sin embargo, cuando se transforma en un estado constante y deja de ser voluntaria, trae consigo consecuencias devastadoras. En España, esta situación es cada vez más alarmante. Según el “Barómetro de la Soledad No Deseada en España 2024”, elaborado por el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada (SoledadES), “una de cada cinco personas sufre soledad no deseada. Dos de cada tres llevan más de dos años en esta situación, y un 59% más de tres años. En total, la soledad crónica afecta al 13,5% de la población”.
2.131.400 de adultos mayores de 65 años luchan contra un aislamiento que no desean. Se enfrentan a una intensa y frustrante sensación de vacío. Esta lucha no solo afecta a su salud emocional, sino que también impacta, de forma directa, en su bienestar, tanto en el físico como en el mental. Vicente, un usuario del Instituto Geriátrico de Valencia, afirma que tras la muerte de su mujer, la sensación de soledad era muy fuerte. “Aquí en la residencia hablo con unos, hablo con otros, intento hablar a los compañeros, hago gimnasia… Me siento mucho más acompañado y feliz”, añade. Estudios evidencian que la situación de soledad es causa directa de enfermedades cardiovasculares, de la depresión y del deterioro cognitivo. La investigación “The epidemic of loneliness” publicada en “The Lancet Discovery Science” señala que sus impactos pueden ser más dañinos que el consumo de tabaco o incluso la obesidad. Esto eleva hasta un 32% el peligro de fallecimiento de los individuos antes de lo previsto.
Estas cifras demuestran que la soledad no deseada no es un asunto personal. No es individual. Sino una consecuencia directa de una sociedad que ignora a gran parte de su comunidad. Un fenómeno ocasionado por diversas causas: resultado de cambios en las estructuras familiares; del traslado, casi obligatorio, a las ciudades en busca de empleo y ocio; de la brecha digital; o incluso de la falta de políticas públicas eficientes. Alicia nos cuenta los motivos por los que ingresó en el centro:A su vez, Francisco Estellés, director de la residencia y licenciado en Psicología, nos cuenta los factores que generan este aislamiento:
Es por ello que esta situación tiene repercusiones en la vida de toda una sociedad. Repercusiones que se manifiestan en la economía y en el sistema de salud de todo el país. El informe “La soledad no deseada en adultos mayores 2024” del Instituto Santalucía calculó que el coste de este problema, incluidos los gastos médicos y el aumento de la productividad, llega a alcanzar los 14.141 millones de euros al año. Una cantidad que supone y representa un 1,17% del PIB. Los individuos que viven esta realidad suelen padecer más enfermedades, necesitan más cuidados médicos y tienen un alto nivel de probabilidad de ser admitidos en residencias o hospitales, ocasionando pues, un incremento en costes para España.
Pese a la gravedad del problema, la soledad de la tercera edad continúa siendo un asunto desconocido. Un asunto casi ignorado. Un asunto paradójico pues, en un mundo cada vez más comunicado, existen personas que acaban sus últimos días en un silencio de lo más absoluto. En un mundo cada vez más interconectado, ellas resultan cada vez más aisladas. Es un problema estructural y sistémico que afecta incluso a aquellos mayores que se alojan en residencias. Estellés explica que en su centro no se detectan tantos casos graves como en otros porque “es un sitio pequeño que le da importancia a la posibilidad de que los familiares puedan venir a verlos”.
Factores que aíslan
La soledad no deseada en las personas mayores no responde a una única causa, sino a una combinación de factores que, entrelazados y combinados, favorecen un aislamiento social y emocional de nuestros mayores. El círculo social de una persona tiende a reducirse con el paso de los años. La muerte de quien le acompaña, de amigos cercanos o de algún familiar supone un punto de inflexión en sus vidas. Para muchos, el fallecimiento de un ser querido no solo implica una pérdida emocional, sino también una pérdida de su principal fuente de apoyo. Implica la desaparición de una compañía diaria y, cuanto menos, necesaria.
El envejecimiento, además de los cambios psíquicos, también conlleva cambios físicos. Unos cambios que pueden limitar la capacidad de socialización. Diversas enfermedades como puede ser la artritis, la osteoporosis, la pérdida de visión o audición o las patologías crónicas como el Alzheimer, reducen la autonomía de los mayores y los acaba aislando.
Patricia, enfermera auxiliar y responsable del Área de Calidad del Instituto Geriátrico Valenciano, comenta que el aislamiento forzado en la tercera edad provoca “una tristeza por la que dejan de comer y de hacer actividades”. Destaca que esto “les afecta a nivel cognitivo y pueden llegar a morirse de pena”. La supervisora añade que esta exclusión también se suele dar cuando ellos ven que “no pueden hacer las cosas sociales que hacían antes como pasear, salir con sus amigos o comer por sí solos”.
El informe “La discriminación de las personas mayores en el ámbito de la salud” de HelpAge España revela lo siguiente:
“Cuando en los test de valoración sociosanitaria de la autonomía para desarrollar actividades básicas de la vida diaria, se les pregunta a los pacientes si pueden subir y bajar solos 12 escalones, un 60% de los mayores de 80 años contestan que tienen dificultad y casi la totalidad de los mayores de 95 años. Al igual que no pueden caminar en llano para llegar a su centro de salud, siendo que conforme aumenta la edad, se necesita ir con más frecuencia a las consultas médicas”.
Si a esto se le suman obstáculos urbanísticos, una falta de transporte adaptado y una escasa accesibilidad a espacios públicos, el resultado es una creciente dificultad de participación en la vida social. El resultado es un aislamiento impuesto, no elegido, involuntario. A su vez, el modelo de familia también ha cambiado. La movilidad por temas de trabajo ha llevado a muchos hijos a mudarse lejos de sus padres. Creando una individualización en la sociedad. Una individualización que reduce la frecuencia de visitas a sus progenitores. El informe de Cruz Roja, “Percepción y Vivencia de la Soledad no Deseada” indica que el “40% de los mayores en España no reciben visitas regulares de familiares”.
Consecuencias que marcan
De este modo, la soledad no deseada supone un reto creciente para el sistema de salud español y para la estructura social. Uno de los efectos más inmediatos es su impacto en la salud mental. Esta falta de interacción social causa desánimo, genera vacío y, en muchos casos, desesperanza. Además, según el Barómetro de la Soledad No Deseada en España 2024, más de un 60% de las personas mayores que viven solas presentan síntomas de depresión. Respaldado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), se advierte de que en la vejez es un factor de riesgo clave que termina en trastornos depresivos y de ansiedad.
“La población mundial envejece rápidamente. En 2020, había en el mundo 1000 millones de personas con 60 años o más. Esa cifra aumentará a 1400 millones en 2030, lo que representa una de cada seis personas en todo el mundo. El aislamiento social y la soledad, que aquejan a cerca de una cuarta parte de las personas mayores, son factores de riesgo clave para padecer afecciones de salud mental en etapas posteriores de la vida”, afirma el barómetro.
Francisco Estellés, el director del Instituto Geriátrico Valenciano, detalla que para los abuelos “la soledad no deseada es una cosa más a nivel emocional y ahí el equipo tiene que darles ese punto de acogimiento”. El experto añade que para asegurar que se encuentran acompañados, “tienen reuniones semanales con el personal interdisciplinar para abordar los casos con frecuencia. Además, disponemos de los Planes de Atención Individualizada que se revisan cada seis meses. Allí se atienden con escalas y valores las situaciones de cada mayor desde todas las aristas: a nivel fisioterapéutico, psicológico, etc.”. “Todo se mide de manera objetiva porque la mayoría de los ancianos institucionalizados sufren un punto de depresión al ser dependientes y tener que ir a parar a las residencias”, asegura. Sin embargo, empleando unas estrategias adecuadas, como la creación de redes de apoyo y de programas de acompañamiento, sus efectos se mitigarían y aportaría una mejora en la calidad de vida de todos nuestros mayores.
La carga del cuidador
A pesar de que las personas mayores experimentan altos niveles de soledad, el sistema diseñado para velar por su bienestar resulta insuficiente. Ante la escasez de plazas en residencias, el estigma asociado a estos centros o el deseo de mantener el entorno familiar, muchas familias optan por cuidar a sus mayores en casa. Así, el sistema de cuidados termina apoyándose en gran medida en los cuidadores informales, familiares en su mayoría.
La Organización Mundial de la Salud recomienda cinco plazas residenciales por cada 100 personas mayores de 65 años. En España, sin embargo, faltarían 89.324 plazas, según datos de la Asociación Estatal de Directores y Gerentes en Servicios Sociales. Además, se necesitarían unas 35.000 plazas más para cubrir la demanda de la lista de espera del sistema de dependencia. La situación, agravada desde la pandemia, es especialmente crítica en comunidades como Andalucía y la Comunitat Valenciana, que presentan déficits de 35.857 y 24.801 plazas, respectivamente. Esta última se encuentra muy por debajo de la media estatal, con solo 1,76 plazas por cada 100 mayores, frente al promedio nacional del 3,91%. Este patrón se repite también en otros recursos: los centros de día ofrecen 0,37 plazas por cada 100 usuarios (frente a la media estatal del 0,96%) y la teleasistencia llega a un 3,02%, muy por debajo del 14,01% nacional.
Uno de los recursos más destacados en el nuevo modelo de cuidados es la teleasistencia. Según la Generalitat Valenciana, se trata de un servicio gratuito que permite a las personas dependientes o sus cuidadores recibir atención profesional inmediata, 24 horas al día, los 365 días del año. Esta modalidad se enmarca dentro de la Estrategia Estatal para un nuevo modelo de cuidados en la comunidad, centrada en respetar las preferencias individuales y fomentar la autonomía sin recurrir exclusivamente al sistema residencial.
El Servicio de Ayuda a Domicilio, también promovido por la Generalitat, tiene como objetivo asistir en las actividades cotidianas para que las personas dependientes puedan continuar viviendo en sus casas en condiciones dignas. Sin embargo, según el Índice DEC, esta transición hacia los cuidados en el hogar avanza lentamente. Desde 2010, la cobertura apenas ha crecido del 4,7% al 5,5% en la población mayor.
Mientras tanto, y muchas veces como única alternativa viable, el cuidado de las personas mayores recae en los familiares. Esta tendencia ha crecido notablemente desde 2019. En 2023, se contabilizaron 77.230 cuidadores no profesionales, un aumento de casi nueve puntos porcentuales. Estos cuidadores, que suelen recibir una prestación por su labor, cobran 240,17 euros mensuales si el cuidado se realiza en el domicilio. La cifra puede ascender a 369,6 euros en los casos más graves de dependencia, según el XXIV Dictamen del Observatorio Estatal de la Dependencia.
El perfil más común de cuidador no profesional en España es una mujer de entre 50 y 66 años, generalmente hija de la persona dependiente. Así lo recoge también la Revista Española de Salud Pública, que subraya la desigualdad de género en el reparto de estas tareas. En su artículo “Las perspectivas de las personas cuidadoras desde un análisis de género”, se destaca que las mujeres “reproducen comportamientos vinculados a la maternidad, la crianza, la enfermedad y la muerte” y viven los cuidados “en soledad”.
Un caso claro de cuidadora no profesional dentro del núcleo familiar es Mónica Fernández, una mujer de 58 años que vive con su padre de 86 años, su suegra de 85, su marido y sus dos hijos de 21 y 23 años. Gran parte de su día va destinado a los cuidados de las personas mayores de la casa, en especial a su suegra, que tiene Alzheimer y vive con ellos desde marzo de 2020 a causa de la pandemia.
La presión cultural, profundamente androcéntrica, empuja especialmente a las mujeres de la generación del baby boom a asumir este papel. La investigación concluye que mientras para muchos hombres cuidar puede ser una fuente de enriquecimiento personal, para las mujeres se convierte en una obligación emocional: una forma de demostrar su amor.
En este contexto en el que muchas cuidadoras se ven abrumadas por velar por el bienestar del otro, las residencias y centros de día pueden convertirse en una buena opción que las libere en un estilo de vida actual que exige anteponer el compromiso laboral ante otros. Estos sitios se demonizan por la mala praxis de algunos, pero lo cierto es que según Estellés su proliferación son “un éxito social ya que la vida es la que es y los hijos de los usuarios dan para lo que dan. Su cuidado es una demanda que ya no se puede satisfacer como se hacía antes”. El director agrega que para los familiares “es tremendo porque les habían prometido en etapas tempranas que eso no iba a pasar”. Para él, centros como el suyo ayudan a aligerar esa carga que padecen los cuidadores y que “no es suficiente solo con afecto debido a que la dependencia es cruda”.
Iniciativas para una vejez activa
Para combatirla y lograr una buena vejez es clave incorporar estrategias que los mantengan activos mientras refuerzan sus vínculos personales. En esa línea, la oenegé Fundación iSocial recomienda propuestas novedosas como el uso de los robots y asistentes de voz para el acompañamiento en el día a día de los ancianos a través de la facilitación y automatización de las tareas. Otras de las propuestas que destacan involucran la creación de redes de apoyo a través de las nuevas tecnologías. Estas consiguen reducir la brecha digital gracias a modalidades como encuentros en línea que las asociaciones ofrecen en cursos dirigidos a la tercera edad. La auxiliar Patricia cuenta cómo fomentan la autonomía individual de cada mayor:
Aparte del desarrollo de herramientas tecnológicas, el contacto humano es vital para reducir el aislamiento. La iniciativa de “Adopta un abuelo” fue pionera en este aspecto. A través de este proyecto intergeneracional, los jóvenes tienen la oportunidad de mejorar la vida de los más mayores con una suscripción mensual que ha logrado que casi 5000 voluntarios “apadrinen” a más de 3500 abuelos desde 2015. El éxito está en diversificar las actividades: una visita por semana a una residencia, viajes a las personas que viven en zonas despobladas o talleres de cocina con ellos son solo algunos de los planes que se impulsan. La supervisora del IGV explica que disponen de una variedad de estrategias que se centran en revitalizar la vida del paciente u otras más clásicas como ir a la playa o jugar al bingo todas las semanas. Otros ejemplos más innovadores incluyen el uso de la musicoterapia. En todo este proceso, iniciativas como las de “Adopta un abuelo” dejan claro que la labor de los voluntarios es clave para cubrir las inquietudes sociales y comunicativas que necesitan muchos abuelitos. El directora y la supervisora profundizan en la importancia de incentivar este tipo de solidaridad:
A nivel regional existe la Fundación DASYC con su programa Acompaña-2 ofrecen asistencia a los mayores. El voluntariado aporta su presencia en una multitud de centros y domicilios como el Hospital Doctor Peset, el Hospital Padre Jofré o la Residencia Pepe Alba, entre otros. La organización afirma que estas quedadas “crean un espacio de respiro para los familiares, promociona la autonomía personal de los ancianos y mejora el estado cognitivo del 90% de ellos”. Estellés concluye con su reflexión final sobre qué puede hacer la sociedad para combatirla no deseada; envejecer no debería significar vivir en soledad:







