Ética, violencia institucional y la mirada que todavía hoy nos falta
En “Diez días en un manicomio”, Nellie Bly sacude desde dentro el manicomio femenino de Blackwell Island, en Nueva York, Estados Unidos, uno de los espacios menos transparentes y más cerrados del siglo XIX. Haciéndose pasar por demente, entra en el manicomio y durante diez días observa, vive y padece lo mismo que soportaban diariamente las pacientes: frío, hambre, abandono, violencia. Su cuerpo se convierte en herramienta de investigación y el riesgo personal es el precio de un relato que ninguna investigación externa podría haber captado.
En nuestro club de lectura, la discusión partió de aquí: ¿era éticamente correcto infiltrarse? La mayoría de los participantes respondió que sí. Si Bly hubiera ido como periodista declarada, todo habría sido preparado, limpiado y corregido. Solo atravesar la violencia desde dentro permite ver dónde se anida realmente: en las miradas, en los automatismos y en la normalización del mal. Bly no engaña a individuos vulnerables: desafía a toda una institución.
Sin embargo, el debate fue más allá de la admiración por su coraje. Surgió una pregunta más compleja: ¿qué hace posible una violencia tan sistémica?
Es fácil atribuir la crueldad a las enfermeras individuales, pero muchos quisieron considerar el contexto: personal agotado, mujeres pobres que aceptan el trabajo que encuentran, médicos convencidos de ser la última barrera contra el caos. El resultado es una cadena de deshumanización que no nace de la maldad individual, sino de un sistema que considera a las “dementes” como algo menos que personas. Reducir todo al contexto, sin embargo, corre el riesgo de absolver responsabilidades concretas; los hechos muestran, en cambio, que también hubo enfermeras y otras personas que ayudaron a Nellie, y cuya bondad era evidente.
El tema del dinero público avivó aún más la conversación: después del reportaje, Nueva York destinó un millón de dólares a reformar los institutos. Pero nadie sabe realmente cómo se utilizaron esos fondos. Más que un acto de cuidado, dijo alguien, parecía un intento de salvar la imagen; muchos habrían preferido saber a qué mejoras concretas fue destinado esa inversión.
La discusión se desplazó luego al presente. ¿Sería posible hoy una infiltración como la de Bly? Los manicomios ya no existen, pero muchas lógicas sobreviven en otros lugares: clínicas psiquiátricas, departamentos saturados, diagnósticos apresurados, farmacología como respuesta estandarizada. La diferencia, según algunos, es que hoy el sistema sanitario es más complejo, estratificado, medicalizado: simular un trastorno sin conocimientos especializados sería muy difícil. Pero el punto no es solo operativo. Es político.
¿Quién controla a quién y quién decide quién es “normal”?
¿Quién paga el precio de las decisiones tomadas en nombre del bien común?
Quizá el momento más fuerte del debate fue recordado por una participante: no podemos entender la locura desde fuera. Ni ayer ni hoy. La lectura de Bly nos obliga a poner el cuerpo —aunque sea solo imaginariamente— en una posición incómoda: la de la interna que no puede salir, la de la migrante que no entiende el idioma, la de la mujer declarada loca por desafiar las normas sociales.
Al final, lo que permanece es la fuerza del gesto: Bly entra, observa, vive, sufre y cuenta. Y nosotros, más de un siglo después, comprendemos que la pregunta esencial no se refiere al pasado, sino al presente: ¿cuánta violencia seguimos sin ver porque nos resulta cómoda, familiar, normalizada? El libro es de 1887, pero el problema, por desgracia, no es solo histórico y sigue presente hoy, aunque de formas distintas.