El primer día del congreso de desinformación COMDIGCV2025, en la Universidad de Valencia, no fue un lunes cualquiera. El objetivo era ahondar en los problemas vinculados a la cobertura informativa durante la DANA. También, señalar las prácticas, a menudo de agentes externos, que menoscaban la ética periodística. Sin embargo, lo que debía ser una mañana reflexiva entre profesionales de los medios de comunicación y futuros periodistas fue más allá de la teoría. La jornada se convirtió, irónicamente, en una demostración práctica sobre las estrategias que alimentan los bulos y la polarización.
La tensión se hacía palpable en la Avenida Blasco Ibáñez desde primera hora de la mañana. El motivo tenía nombre y apellido: Vito Quiles. Horas antes de su llegada, estudiantes se concentraban en las puertas de la Facultad de Filología, Traducción y Comunicación para bloquearle cualquier posibilidad de acceso. En tanto, el agitador aprovechaba la oportunidad y animaba a sus seguidores en redes sociales: “Nos vemos en un rato. Frente a la censura defendamos la libertad, trae tu bandera”.
Motivación para unos y provocación para otros. El mensaje llegaba en un ambiente muy crispado y al grito de “no pasarán”. Sus voces partían la calle en dos bandos separados por una docena furgonetas policiales convertidas en una frontera simbólica. Dicho de otra manera, la escena parecía replicar la fractura ideológica del país y devolver la imagen de “las dos Españas divididas”. Todo esto sucedía en una tierra que, apenas un año antes, se había unido como nunca para salvar a su pueblo tras la DANA.
Lejos del ruido y los abucheos, el salón de actos era testigo de una lección sobre “el periodismo local ante el caos informativo”. Raquel Ejerique (El Diario), Rosana B. Crespo (El Español), Víctor Romero (El Confidencial) y Ximo Aguar (Valencia Plaza). Los cinco representantes de medios aunaban experiencias propias. Sus exposiciones servían para poner en valor un oficio que resiste entre la vertiginosidad de la información del siglo XXI y el intrusismo laboral.

La primera ponencia concluía a las 12:00, justo cuando más allá de las ventanas simpatizantes y detractores recibían a Quiles, aunque de maneras diferentes. La curiosidad en ese momento pudo con los estudiantes. Algunos se levantaron unos instantes para contemplar el auténtico caos. Se había formado precisamente en el lugar al que cada mañana aterrizan con la ilusión de que en un futuro se les pueda llamar periodistas.
Antes de la siguiente exposición, la coordinadora de 3º de carrera, Dafne Calvo, dedicó unas palabras para todos esos jóvenes. Ellos, habían decidido apostar por su formación y permanecer aquel día allí, a ese lado de la historia. “Hay una esperanza a la deriva y una generación que respeta el periodismo», aseguró la docente. «Entendéis cuáles son los valores de esta profesión y que sin ella muy difícilmente vamos a sostener la democracia”, expresó. “Me voy a casa muy orgullosa”, concluyó emocionada.
En cuestión de minutos, el congreso de desinformación COMDIGCV2025 volvió a latir. Esta vez dio la bienvenida a Laura Alonso, profesora de periodismo en la Universidad Jaume I. Su intervención comenzó con voz templada y firme entre el rumor de la incertidumbre. Fue entonces cuando los organizadores del evento pudieron volver a respirar de nuevo. Nadie tenía claro si se trataba de un breve paréntesis entre dos temblores. ¿Podía el ruido de fuera irrumpir en el interior en algún momento para socavar el esfuerzo de todos aquellos profesionales?


El peligro de la desinformación
Alonso explicó que la desinformación se ha convertido en una de las mayores amenazas para la sociedad actual. “Es un problema muy complejo que nos afecta y mucho”, advirtió. “Cuando hablamos de desinformación nos referimos a una mentira sutil, que cuesta verificar y hacerle frente”, insistió la periodista.
Los alumnos no parecían sorprenderse tras apuntar que el término fake news alcanzó su auge en 2017, después del Brexit y las elecciones de Donald Trump. De hecho, la doctora en Ciencias de la Comunicación constató que estos eventos marcaron el inicio de una era de manipulación digital y global.
La ponente del congreso de desinformación COMDIGCV2025 señaló la necesidad imperiosa de que los medios serios se adapten a las narrativas actuales. De esta manera, hizo reflexionar a los estudiantes utilicen las redes sociales para “contar los hechos con rigor, pero de forma atractiva”. “Si los jóvenes se informan a través de TikTok debéis estar ahí”, repitió en varias ocasiones.
Según la comunicadora, la desinformación se cultiva a partir de la intencionalidad, la manipulación de contextos, la simplificación de mensajes, los discursos emocionales, las narrativas atractivas y la repetición. Seis ingredientes que al preguntar a qué o quién recordaban, provocaron la mirada colectiva hacia lo que estaba ocurriendo en el exterior.
Allí se encontraba todavía Vito Quiles con megáfono en mano, insultos cruzados, cámaras y atención mediática. “Pijo, vete a casa”, coreaban voces desde las escaleras de la facultad. Sus gritos rebotaban contra la que muchos consideran la arteria de las oportunidades en Valencia. En lo alto, ondeaban banderas y pancartas al ritmo de una rabia e indignación que no necesitaba micrófono para hacerse oír.
Antes de llegar, el creador de contenido había propagado el bulo de que la izquierda le impedía la entrada a pesar de pedir permiso a la universidad para impartir su charla. La facultad no tardó en desmentir la información y nunca se presentó prueba alguna de la petición o la respuesta del centro.


Unidos por el barro, separados por banderas
“Son gentuza de la peor calaña y se han quedado ahí porque realmente cada vez son menos y somos muchísimos más la juventud de España decente y honrada que se encuentra defendiendo lo correcto”, voceaba el pseudoperiodista antes de marcharse.
Su mensaje, por las características que lo dotó, impactó y se adentró en el público. Como avisaban los expertos del congreso de desinformación COMDIGCV2025, la narrativa los movilizó hasta el punto de no reconocer al compañero que tenían enfrente. Se percibían todos como enemigos.
La situación ejemplificaba la teoría que explicó Laura Alonso: discursos que empujan “a posicionarse en situaciones binarias, blanco o negro, conmigo o contra mí”. Aquella mañana la elección parecía reducirse a dos destinos, la derecha o la izquierda.
Pero olvidaron una tercera vía, más silenciosa, que pretendía esforzarse en intentar ser útil en momentos de crisis: la de los defensores de los hechos. Personas que no ansiaban ser protagonistas ni suscribirse a narrativas que juegan con la moralidad del bien contra el mal. Simplemente estaban en aquel edificio acristalado para aprender a rectificar tras cometer errores, verificar entre tanta desinformación y firmar un compromiso de servicio público con la sociedad.
Eran estudiantes que pensaban en cómo hacerles recordar a aquellos que levantaban los brazos en sus respectivos bandos, que esas mismas manos estuvieron manchadas de barro entre olas de solidaridad. No hacía tanto, en octubre y los meses posteriores de 2024, las palabras «pueblo» o «país» cobraban sentido por la unión, no por las banderas.