Cada día, a casi cualquier hora, las calles de Valencia muestran la imagen ya familiar de jóvenes en bicicleta, patinete o moto con grandes mochilas de colores. Son los repartidores de comida a domicilio –conocidos como riders–, convertidos en pieza esencial del nuevo ecosistema urbano de comida bajo demanda. Sin embargo, tras la aparente comodidad que brindan a los clientes, se esconden historias de precariedad laboral, largas jornadas y una constante preocupación por llegar a fin de mes.
La vida cotidiana transcurre a un ritmo acelerado, con personas que se desplazan de un lugar a otro constantemente, siempre con prisa. Para muchos, el simple hecho de cocinar supone una inversión de tiempo que, a veces, no es posible hacer. Por ello, son muchos los que deciden encargar comida a domicilio para poder solventar la papeleta. Pero, ¿cómo de importante es el sector del «delivery»? Según el Digital 2024: Global Overview Report, en España, el porcentaje de usuarios de Internet que realiza algún pedido en estas plataformas asciende al 27, 3%. Aunque pueda parecer lo contrario, el grupo que más utiliza este servicio no es el de los más jóvenes, sino las personas de entre 35 y 44 años.
Detrás de cada pedido entregado hay una realidad que rara vez se contempla: la del trabajador que pedalea o conduce por la ciudad para cumplir con tiempos cada vez más exigentes. Conocer quiénes son, cómo viven y en qué condiciones desarrollan su labor es clave para entender el verdadero coste de la inmediatez.
Empezar desde cero
Para ser repartidor hace falta tener toda una serie de conocimientos sobre la ciudad en la que uno trabaja, el tráfico, cómo moverse… Esta información no es tan evidente, y por ello los primeros días suelen ser muy caóticos para todos los riders primerizos. Pablo Ramos, rider que apenas lleva dos semanas como repartidor, nos cuenta su experiencia:
¿Cómo es ser un rider joven en Valencia?
Víctor vive en la ciudad de Valencia, por lo que orientarse no representa un problema para él. No ocurre lo mismo con Alberto Rodríguez, también recién llegado al mundo del reparto, que lleva apenas unos días como rider. Este llegó a España hace tres años desde Venezuela, donde trabajó durante mucho tiempo como director creativo en varios proyectos audiovisuales. Desde su llegada, ha tenido dificultades para encontrar empleo en ese sector. Actualmente trabaja como repartidor autónomo, ya que esta opción le permite gestionar mejor su tiempo.
¿Por qué tantos riders son autónomos?
Sentado a la sombra en un banco de la avenida Blasco Ibáñez, Alberto Rodríguez aprovecha un momento de calma entre pedido y pedido. Es allí donde se realizó esta breve entrevista, en uno de sus descansos habituales. Recién iniciado como rider y sin conocer bien ni la ciudad ni el funcionamiento del oficio, al principio aceptaba encargos que le llevaban muy lejos. Recuerda que el primer día entregó uno que le tomó más de 30 minutos. Con el tiempo, descubrió que esa avenida es un punto estratégico: llegan muchos pedidos y está bien conectada con el centro. Desde entonces, regresa siempre al mismo banco. Allí ha conocido a otros repartidores, quienes le han enseñado las rutas más prácticas, las zonas con mayor demanda y algunos trucos para moverse con más eficacia. De toda esta experiencia, él destaca sobre todo el compañerismo que ha encontrado en el colectivo.
Un repartidor cuenta cómo le gritó un policía por estar en la acera
Pero no todo resulta tan positivo. Aunque el ambiente entre repartidores suele ser cordial, la relación con los clientes y el entorno urbano no siempre es fácil. Manuel García, inmigrante puertorriqueño y recién incorporado al reparto en España, comenta que muchos usuarios le exigen subir el pedido hasta la puerta de casa, a pesar de que no está obligado a hacerlo. También ha notado miradas de desconfianza por su aspecto, como si el hecho de ser extranjero despertara sospechas sobre su honestidad. La experiencia más incómoda, sin embargo, la vivió Alberto. El primer día, al no encontrar una dirección, circulaba con lentitud por la acera en su patinete, pendiente del móvil para no bloquear el carril bici ni interferir en el tráfico. En ese momento, un agente de la Policía Nacional se le acercó e, increpándolo a gritos, le recriminó su comportamiento. Situaciones como esta reflejan que los riders no solo deben enfrentarse a la presión de entregar rápido, sino también a múltiples obstáculos que complican su trabajo diario.
Repartidor: un trabajo temporal
La mayoría de los riders entrevistados para este reportaje coinciden en un aspecto: son autónomos. Esto implica que, al no recibir un salario fijo, lo que ganan depende enteramente del número de pedidos que realizan, la distancia que recorren y la naturaleza de los locales de dónde recogen los pedidos. Tanto Alberto como Pablo coinciden en que lo más normal es ganar entre 3 y 6 euros por pedido. Ningún entrevistado ha conocido a ningún repartidor que ganara más de 1.000 euros al mes –una cifra casi 200 euros inferior al salario mínimo interprofesional-, excepto Pablo:
¿Es posible ganar hasta 1.600 euros como rider?
Ser autónomo implica más inseguridad y menos derechos laborales, pero también permite mayor flexibilidad horaria para compaginar ser rider con otras ocupaciones. Y en eso también coinciden la mayoría: ser repartidor no es su principal trabajo. La única excepción es Mateo López, el único entrevistado de todos que es asalariado:
Así es el trabajo de un rider de flota
Cada repartidor lo es por un motivo diferente. En el caso de Pablo -el único entrevistado que ha vivido en España desde siempre-, ser rider es simplemente una forma de ganar un poco de dinero de cara a financiar un pequeño negocio en el sector de la hostelería. Por su parte, Alberto compagina ser repartidor con otros trabajos menores. También llama la atención la edad de los repartidores, siendo la mayoría menores de 30 años. Es el caso de Farid, estudiante universitario venido de Irán que compagina sus estudios con ser rider autónomo, haciendo pocas horas al día. Esta pequeña muestra refleja una realidad más general: la mayoría de riders no ganan lo suficiente como para mantenerse, por lo que ser repartidor es un trabajo temporal para la mayoría. Las plataformas se aprovechan de ello, prefiriendo a los autónomos por encima de la asalariados pese a la acción legislativa de los últimos gobiernos.
Un trabajo realmente agotador
Un estudio realizado por la Cátedra de Economía Colaborativa y Transformación Digital de la Universitat de València, liderado por el profesor de Derecho del Trabajo Adrián Todolí, recalca algo evidente en el día a día de muchos repartidores. El trabajo identifica una lista extensa de afecciones derivadas de las condiciones en las que operan estos trabajadores: desde lesiones físicas por el excesivo esfuerzo, dolores musculares y problemas de visión, hasta trastornos más complejos como cefaleas crónicas, adicciones, ansiedad, depresión e incluso burnout.
Entre los factores que más inciden en este deterioro físico y emocional está la presión constante por rendir, marcada por la constante actividad controlada a través de las aplicaciones. Esta vigilancia obliga a los repartidores a mantener un ritmo de trabajo acelerado, lo que incrementa tanto el estrés como el riesgo de accidentes, especialmente en entornos urbanos caóticos como pueden ser las horas punta de una ciudad como Valencia. Además, la hiperconectividad (prácticamente implícita en este empleo) impide separar la vida personal del trabajo, dificultando el descanso y la desconexión. A esto se suma la falta de canales de comunicación directos y efectivos con las plataformas, lo que genera una sensación de aislamiento que repercute en la salud mental de los riders.
La situación laboral de los riders
La precariedad laboral es uno de los aspectos más notorios en el ámbito del reparto a domicilio. Hace aproximadamente una década comenzó la expansión de las plataformas digitales de entrega, que prosperaron rápidamente gracias a un modelo laboral muy polémico: el uso de falsos trabajadores autónomos. Es decir, personas que, aunque figuraban como independientes, en realidad prestaban servicios casi exclusivamente para una sola empresa, sin la libertad operativa que define a un profesional por cuenta propia. Esta práctica se mantuvo durante años hasta que, en 2021, se aprobó la conocida como «Ley Rider», una regulación que buscaba poner fin a este tipo de relaciones encubiertas y fomentar la contratación con derechos laborales plenos.
La flexibilidad que publicitan las plataformas muchas veces se traduce en incertidumbre. Los ingresos dependen directamente del número de pedidos entregados, lo que empuja a los riders a trabajar incluso con mal tiempo o sin descanso. “Si llueve, cobramos un poco más; si rechazamos pedidos, el algoritmo nos castiga”, explica otro repartidor, Carlos Martínez. Muchos riders asumen costes ocultos: deben pagar su gasolina o mantenimiento de la bici, el móvil y la tarifa de datos, e incluso la cuota de autónomo si están bajo esa figura.

A la dureza económica se suma el riesgo físico. Los repartidores circulan constantemente entre el tráfico urbano, presionados por el reloj y expuestos a accidentes. La siniestralidad laboral ha afectado de lleno a este colectivo: en diciembre de 2024, un repartidor falleció en Madrid tras ser atropellado por un vehículo cuyo conductor se dio a la fuga; meses antes, otro trabajador en bicicleta perdió la vida luego de ser embestido por un taxi. A estas condiciones, también se une la falta de protección social: sin contrato, muchos carecen del derecho a una baja remunerada en caso de enfermedad o incidente.
Alrededor de este tema, uno de los fenómenos más preocupantes es el alquiler de cuentas de reparto. Debido a que las plataformas requieren documentación en regla para dar de alta a un repartidor, numerosos migrantes sin permiso de trabajo “alquilan” la cuenta de otro rider ya registrado. Se genera así un mercado negro de licencias, con titulares que subarrendan sus perfiles a cambio de una comisión. «A menudo pido comida a domicilio, y me llama la atención que muchas veces aparece un nombre en la aplicación, como Juan, pero quien realmente entrega el pedido es otra persona distinta. Incluso puede ser del sexo distinto», contaba Marcelo Mavares, joven estudiante de 23 años.
Aunque la Ley Rider se aprobó con el objetivo de mejorar las condiciones laborales en este sector, la realidad apenas ha experimentado cambios significativos en los últimos años. Uno de los pocos ejemplos positivos es el de Mateo. Para él, trabajar como rider ha sido su ocupación principal durante este tiempo. Comenzó como autónomo para Glovo, pero tras la entrada en vigor de la nueva normativa, la plataforma adoptó un sistema basado en flotas. Desde entonces, Mateo cuenta con un contrato como asalariado, lo que le ha proporcionado mayor seguridad laboral. Sin embargo, incluso con esta mejora, los ingresos siguen siendo insuficientes. Aunque desea independizarse, reconoce que el encarecimiento del alquiler en los últimos años hace que su sueldo no le permita vivir solo. Si logra hacerlo, admite, será compartiendo piso con otras personas. Jenny Gómez, abogada graduada en la Universidad Católica Andrés Bello, explica más esta idea:
Para Manuel, inmigrante puertorriqueño, trabajar como rider es actualmente su única fuente de ingresos, aunque no tiene intención de permanecer mucho tiempo en el sector. Su testimonio, uno de los más críticos, pone en evidencia cómo algunas plataformas se aprovechan de situaciones de vulnerabilidad, como pagar salarios más bajos a trabajadores extranjeros. En su caso, cuenta con la nacionalidad española gracias a su abuelo, pero conoce a muchos compañeros que han enfrentado grandes dificultades simplemente para obtener un permiso de trabajo. El hecho de que el reparto a domicilio absorba tanta mano de obra migrante es, para él, un claro indicio de la precariedad estructural y de la falta de control laboral que aún persiste en el sector.
Testimonio de un repartidor migrante: «España va por muy mal camino»
Un camino largo
El panorama de los repartidores de comida en está en plena transformación. La Ley Rider ha tardado en hacerse cumplir, pero finalmente las plataformas empiezan a ajustarse a la legalidad, ofreciendo a estos trabajadores el reconocimiento como empleados que tanto reclamaban los tribunales y sindicatos. Esto supone una mejora potencial en sus vidas: acceso a seguridad social, derecho a paro, vacaciones y mayor estabilidad. Sin embargo, muchos desafíos siguen en pie. El cumplimiento real de la norma requerirá vigilancia: inspecciones para evitar fraudes (como falsos cooperativismos o subcontratas abusivas) y asegurar que el contrato laboral no se quede en papel mojado. Además, queda pendiente elevar la calidad de estas ocupaciones: salarios dignos que no obliguen a jornadas maratonianas, provisión de equipos de protección, formación vial, y quizá fomentar modelos alternativos más justos.
València, con su tradición de tejido asociativo, podría ser terreno fértil para iniciativas innovadoras en este ámbito. Ya existen cooperativas de repartidores en otras regiones que demuestran que otro modelo es viable. En la capital del Turia, los sindicatos han dado pasos para organizar a los riders (UGT-PV creó en 2022 la primera sección sindical específica para este colectivo), lo que facilita que estos trabajadores tengan voz y representación en la negociación de sus condiciones. El camino está abierto, pero aún es largo.
En última instancia, el objetivo es que pedir una pizza o una hamburguesa a domicilio no implique explotación ni precariedad tras bambalinas. Como sociedad, el reto pasa por integrar a los repartidores plenamente en el mercado formal, sin relegarlos a ser la “letra pequeña” de la digitalización. Las historias de Pablo, Alberto, Mateo y tantos otros riders en València, recuerdan que detrás de cada mochila hay una historia, un cuerpo que pedalea, una vida que se abre paso entre algoritmos y semáforos. La dignidad laboral no debería esperar en la esquina: también merece avanzar sobre dos ruedas.




